Durante las siestas de Elsa leo a Agatha Christie y a Elizabeth Strout en la hamaca del jardín de nuestro apartamento, bajo las ramas sinuosas de la buganvilla. Muchas hojas están secas y han caído sobre la gravilla oscura. De vez en cuando algún gato callejero atraviesa el jardín, salpicado de rocas volcánicas y suculentas que se desbordan entre las piedras de forma daliniana. Una gata carey baja del tejado trepando por la buganvilla.
Nada más entrar en el apartamento, a mano izquierda, hay una estantería con la colección de las obras completas de Agatha Christie. Las cubiertas, de un verde esmeralda intenso, muestran el perfil dorado de la autora. Debe de ser una edición ya algo antigua.
Aquí, en la isla, la fruta y las hortalizas tienen una calidad excepcional. A Elsa le gusta comer aguacate y plátano rojo machacados. Comemos y cenamos bajo el porche de madera, con vistas a un hibisco y a una chumbera. Las hojas carnosas del cactus están cargadas de higos chumbos. Por la noche, Milan enciende la barbacoa con carbón importado de Cuba. La celosía de madera del porche repite el mismo motivo geométrico de las baldosas hidráulicas del suelo, donde a Elsa le gusta observar el juego de luces del atardecer.
Canjeo mi regalo de Navidad: un masaje y un brunch con vistas a una pequeña playa rocosa de Puerto del Carmen. Tres niños de pelo casi blanco juegan en la arena oscura. Pienso que, cuando se viaja con un bebé, el viaje adquiere otra cadencia: hay más rutina, más repetición. Ya no se produce aquel alargamiento de los días que antes traía consigo la novedad constante de cada lugar.
La segunda semana llegan rachas de viento de hasta sesenta kilómetros por hora. El viento sacude con violencia las ramas de los árboles y los arbustos. Decidimos hacer excursiones a lugares algo más resguardados, como los Jameos del Agua o la Fundación César Manrique —no sin cometer el error de acercarnos al Volcán del Cuervo en pleno vendaval—.
Los cangrejos albinos de los Jameos apenas se mueven. En la oscuridad permanente de la cueva han perdido la visión. Las costillas de Adán aparecen en casi todas las esquinas, con las raíces al aire como un manojo de cables por desenredar. El suelo blanco y el agua turquesa contrastan con las paredes de roca volcánica.
En la fundación hay numerosas citas de César Manrique hablando del hedonismo y del placer. César aparece fotografiado frente a un templo sintoísta; también su diario de Tokio, lleno de planes y observaciones. En otra imagen posa en China, sonriendo ante una pancarta con el rostro de Mao.
Pasamos una tarde en el discreto puerto de La Santa, donde las jaulas y las redes de pesca están corroídas por el aire salobre. Hace días que los barcos no salen a faenar por el viento que azota la isla. En el restaurante El Barquillo —al que muchos llaman simplemente «El Sótano» por su ubicación— hace tiempo que no tienen gambas. Los barcos pesqueros las envían casi siempre a Madrid.
Aunque tenemos la sensación de haber visto muchas cosas, pienso también en los lugares que han quedado pendientes. Uno de ellos es La Graciosa, que solo contemplamos desde el Mirador del Río. Allí conocimos a una pareja de Berlín que viajaba con una niña apenas dos meses mayor que Elsa y que llevaba ya un mes entero en la isla. Quizá haya que regresar algún día para reencontrar la luz de Lanzarote que tanto elogiaba nuestra anfitriona.
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