
La granja en la que nos alojamos se encuentra en lo alto de una montaña, y nuestra casa de madera, construida en 1985, está enclavada en la ladera, junto a un gran tilo y delimitada por una frontera natural de zarzamoras. El tilo está rodeado de abejorros y abejas que liban el néctar de sus flores amarillas. A lo lejos se escuchan los cencerros de las vacas que pastan en los prados circundantes. El rebuzno de los burros retumba entre los montes y tiene algo de esperpéntico, casi irreal. A la vera del camino crecen fresas silvestres, mientras las dedaleras moteadas salpican de color las vallas y las pendientes. Hay tantas moscas que acosan a los caballos que la única esperanza es que las golondrinas den buena cuenta de ellas, o eso es lo que nos comenta el granjero que cuida de los animales. En la ladera junto a la casa, justo frente a la cocina, se esconden entre la vegetación unos arbustos cargados de grosellas rojas y negras.
Todas las mañanas subimos a los establos para saludar a los conejos, las cobayas y los ponis. El más veterano, Tarzan, tiene ya treinta y seis años y se pasa el día mordisqueando hierba en algún rincón de la granja. De camino a Friburgo, nos detenemos en una máquina expendedora de productos locales: compramos mermelada de moras, manzanas, zumo recién exprimido…
En Friburgo recorremos las calles por las que tantas veces paseamos cuando vivíamos allí. Tomamos café y tarta en Bergäcker Café, un lugar al que solíamos ir cuando Milan vivía en Littenweiler; observamos las diminutas ranas que han nacido ese verano en el Waldsee; caminamos por la Kartäuserstraße y por las calles tranquilas de Wiehre; comemos platos bávaros en la terraza de Kreuzeck Wirtshaus. He traído conmigo la Canon Prima Mini II que compré hace poco y empiezo a probarla para acostumbrarme poco a poco a la fotografía analógica.
Última noche en Buchenbach. Hay un olor dulzón suspendido en el aire. Observo los juegos de sombras que los árboles de la colina proyectan sobre la ladera. Tengo que despedirme de nuevo de la Selva Negra, del gorjeo de los pájaros y del tintineo metálico de los cencerros. Friburgo guarda demasiados recuerdos. Regresar a ella es, de algún modo, necesario para reencontrarme con aquel año en que sentí que empezaba a vivir plenamente como adulta, lejos de mi Valencia natal. Una mariposa se ha posado en la mosquitera de nuestra habitación. Sus alas tienen dos círculos que recuerdan a los ojos de una máscara. Empiezan a caer las primeras gotas tímidas de la tormenta de verano anunciada para esta noche. El aire está cargado y cálido, envuelto en ese bochorno electrizante que precede a la lluvia.
Una semana después cruzamos la frontera con Suiza, rumbo a Magglingen. Las mieses, ya doradas, se inclinan al paso del viento, pesadas de grano maduro. Hace mucho calor y las horas centrales del día apenas se soportan fuera del agua, así que vamos todos los días a la piscina municipal. Por las mañanas desayunamos leche fresca, mantequilla y queso comprados en la épicerie del pueblo. Cuando el sol empieza a aflojar, paseamos por los pueblos vitivinícolas y medievales de La Neuveville y Ligerz, o nos adentramos en el bosque para hacer alguna excursión a la sombra. Uno de esos días hacemos una excursión a la Taubenlochschlucht, una estrecha garganta excavada por el río Schüss en la roca caliza. El sendero se abre paso entre paredes de piedra cubiertas de musgo, bajo la sombra espesa de los árboles, mientras el agua corre y se precipita entre las rocas.
El último fin de semana vamos a Lucerna para visitar a una amiga que vive allí. Nos bañamos en el lago, rodeados por las imponentes montañas que abrazan la ciudad; en una de ellas todavía persiste la nieve en la cumbre, pese al calor del verano. Después cenamos pizza a orillas del lago, contemplando cómo el paisaje se tiñe poco a poco de los colores del atardecer.
Durante las siestas de Elsa leo a Agatha Christie y a Elizabeth Strout en la hamaca del jardín de nuestro apartamento, bajo las ramas sinuosas de la buganvilla. Muchas hojas están secas y han caído sobre la gravilla oscura. De vez en cuando algún gato callejero atraviesa el jardín, salpicado de rocas volcánicas y suculentas que se desbordan entre las piedras de forma daliniana. Una gata carey baja del tejado trepando por la buganvilla.
Nada más entrar en el apartamento, a mano izquierda, hay una estantería con la colección de las obras completas de Agatha Christie. Las cubiertas, de un verde esmeralda intenso, muestran el perfil dorado de la autora. Debe de ser una edición ya algo antigua.
Aquí, en la isla, la fruta y las hortalizas tienen una calidad excepcional. A Elsa le gusta comer aguacate y plátano rojo machacados. Comemos y cenamos bajo el porche de madera, con vistas a un hibisco y a una chumbera. Las hojas carnosas del cactus están cargadas de higos chumbos. Por la noche, Milan enciende la barbacoa con carbón importado de Cuba. La celosía de madera del porche repite el mismo motivo geométrico de las baldosas hidráulicas del suelo, donde a Elsa le gusta observar el juego de luces del atardecer.
Canjeo mi regalo de Navidad: un masaje y un brunch con vistas a una pequeña playa rocosa de Puerto del Carmen. Tres niños de pelo casi blanco juegan en la arena oscura. Pienso que, cuando se viaja con un bebé, el viaje adquiere otra cadencia: hay más rutina, más repetición. Ya no se produce aquel alargamiento de los días que antes traía consigo la novedad constante de cada lugar.
La segunda semana llegan rachas de viento de hasta sesenta kilómetros por hora. El viento sacude con violencia las ramas de los árboles y los arbustos. Decidimos hacer excursiones a lugares algo más resguardados, como los Jameos del Agua o la Fundación César Manrique —no sin cometer el error de acercarnos al Volcán del Cuervo en pleno vendaval—.
Los cangrejos albinos de los Jameos apenas se mueven. En la oscuridad permanente de la cueva han perdido la visión. Las costillas de Adán aparecen en casi todas las esquinas, con las raíces al aire como un manojo de cables por desenredar. El suelo blanco y el agua turquesa contrastan con las paredes de roca volcánica.
En la fundación hay numerosas citas de César Manrique hablando del hedonismo y del placer. César aparece fotografiado frente a un templo sintoísta; también su diario de Tokio, lleno de planes y observaciones. En otra imagen posa en China, sonriendo ante una pancarta con el rostro de Mao.
Pasamos una tarde en el discreto puerto de La Santa, donde las jaulas y las redes de pesca están corroídas por el aire salobre. Hace días que los barcos no salen a faenar por el viento que azota la isla. En el restaurante El Barquillo —al que muchos llaman simplemente «El Sótano» por su ubicación— hace tiempo que no tienen gambas. Los barcos pesqueros las envían casi siempre a Madrid.
Aunque tenemos la sensación de haber visto muchas cosas, pienso también en los lugares que han quedado pendientes. Uno de ellos es La Graciosa, que solo contemplamos desde el Mirador del Río. Allí conocimos a una pareja de Berlín que viajaba con una niña apenas dos meses mayor que Elsa y que llevaba ya un mes entero en la isla. Quizá haya que regresar algún día para reencontrar la luz de Lanzarote que tanto elogiaba nuestra anfitriona.
El fin de semana pasado emprendimos un viaje en coche hasta el norte de Polonia para asistir a una boda casubia. Salimos el viernes por la mañana, atravesando paisajes de bosques y lagos que ya anunciaban la transición del verano al otoño. En ruta paramos en Kołobrzeg, junto al mar Báltico, para recuperar energías. Elegimos el restaurante Domek Kata, de ambiente tradicional. Sus vigas oscuras, escalinatas de madera y retablos tallados recordaban a una casa noble de Edad Media. Después, buscamos un café en Palarnia Kawy, famosa por sus rollos de canela. Por desgracia, no quedaba ninguno cuando llegamos, por lo que nos conformamos con una tarta de chocolate al estilo Dubai acompañada de un café.
Por la tarde llegamos al apartamento, en la linde de un bosque poblado de boletus bayos y brezos, a orillas de un lago de nombre impronunciable (Jezioro Borzyszkowskie). En las mañanas reina un silencio sepulcral: solo lo rompe el repicar de las campanas de la iglesia del pueblo vecino. En el primer amanecer, el sol se alza como un disco carmesí entre las copas de los pinos. Decidimos adentrarnos en el bosque con la esperanza de hallar setas valiosas, pero solo encontramos Suillus variegatus, no muy codiciada gastronómicamente, y algún que otro boletus bayo.
El sábado a las 15:00 tiene lugar la misa en la iglesia de madera Parafia św. Katarzyny Aleksandryjskiej de Brzeźno Szlacheckie. Durante la misa, el sacerdote alterna entre polaco y alemán para que todos los invitados —procedentes tanto de Polonia como de Alemania— puedan comprender cada palabra. Al salir, el banquete se celebra en Zagroda Falk, un granero antiguo restaurado que funciona como sala de bodas en plena naturaleza. El banquete nupcial consiste en una sucesión de platos abundantes: trucha ahumada, jabalí a la parrilla, sopa de remolacha, pato asado en salsa de arándanos rojos... Para amenizar la velada actuó un grupo folclórico casubio, que interpretó danzas locales acompañadas por un instrumento muy curioso: el burczybas. Este pequeño tambor tiene a un extremo un mechón de crin de poni, y al frotarlo o humedecerlo se genera un sonido grave, vibrante, como un murmullo profundo.
Al día siguiente se sirven las sobras durante las poprawiny, el segundo día de celebraciones. Ese mismo día regresamos a Berlín. Durante el trayecto por carretera, ya se avistan los primeros árboles áureos y cobrizos que confirman el avance del otoño.
La
lluvia de las últimas semanas ha teñido los campos mallorquines de un verdor y
amarillo intenso. En el interior de la isla se extienden vastos campos en flor,
donde los rebaños de ovejas pacen mansamente. Dentro de los límites marcados
por bajos muros de piedra hay hileras simétricas de olivos, acompañadas de alguna
que otra masía que, muchas veces, parece haber sido abandonada.
El pueblo de Ariany es tan apacible que, por las mañanas, tan solo se oye el gorjeo de los gorriones, que revolotean por los tejados de las casas, cuyas contraventanas verde bosque recuerdan a los edificios de la ciudad italiana de Génova. A pesar de su escasa población, varios habitantes rondan los cien años. El hotel en el que nos hospedamos data de 1887 y aún conserva algunos de los utensilios que se empleaban antaño para la elaboración del vino. El viento agita los limoneros y los cipreses en los patios interiores de las casas, rara vez bañados por el sol estos días. En el pueblo hay tantos cítricos que muchos de ellos acaban esparcidos por el suelo al haberse pasado el punto de madurez. En las mesas del desayuno, tienen una función meramente decorativa.
Uno de esos
días de lluvia intermitente, nos dirigimos al mercadillo medieval de Sineu,
donde compramos unos botines de borreguito para la bebé. En los puestos al aire
libre se venden especias, frutos secos, ropa y todo tipo de utensilios de cocina.
También hay un pórtico cubierto en el que los ganaderos de la zona exponen
gallos, gallinas, conejos y otros animales de granja para la venta.
Por la
tarde, siguiendo la recomendación del recepcionista del hotel, emprendemos una
excursión hasta Betlem. Dejamos el coche justo donde el pueblo se acaba y nos
adentramos en un sendero llano y pedregoso que nos regala vistas impresionantes
de la costa norte de Mallorca. En la vertiente izquierda del camino crecen
pinos que parece que vayan a desprenderse de la tierra en cualquier momento. La
niebla envuelve las montañas y las cabras salvajes brincan por el sotobosque buscando
brotes tiernos entre los arbustos de retama. No bajamos hasta el mirador de Na
Clara, dado que estoy a punto de entrar en el tercer trimestre del embarazo y,
además, no llevamos calzado adecuado. En todo el recorrido, nos cruzamos solo
con un par de senderistas, la mayoría alemanes.
Para visitar los pueblos de Valldemossa, Sóller, y Fornalutx, seguimos carreteras serpenteantes que cruzan la sierra de Tramuntana. La mayoría de las casas presentan fachadas de mampostería, y en algunas de ellas cuelgan farolas de hierro forjado que emiten una luz cálida y suave, incluso a plena luz del día. El entramado de pequeños callejones empinados está adornado con grandes macetas terracotta, llenas de suculentas, ciclámenes y geranios, mientras que en los alrededores crecen olivos, limoneros, naranjos y palmeras. Me quedo fascinada por el encanto rústico de estos pueblos de montaña, pero no puedo evitar pensar en la masificación que debe producirse en temporada alta, pues ya a estas alturas hay muchos autobuses del IMSERSO y turistas ingleses y alemanes.
En Palma,
nuestra primera parada es Can Joan de s’Aigo, un local que cuenta con más de
300 años de historia. Nos sentamos en una de sus mesas de mármol blanco y
madera, y pedimos dos cafés con leche, acompañados de una ensaimada rellena de
nata y otra de crema. A estas alturas, he perdido la cuenta de cuántas veces
hemos disfrutado de este delicioso dulce mallorquín. Tras el almuerzo, damos un
paseo por el centro, que se ve interrumpido por breves episodios de lluvia. A
pesar de ello, seguimos callejeando por el laberinto de calles estrechas, que
en muchos rincones me recuerdan al barrio del Carmen en Valencia. Por la noche,
nos dirigimos al pueblo de Santa Margalida para cenar. En su plaza principal,
los residentes bailan el tradicional ball
de bot al ritmo de la música en directo.
Entre mis
lugares preferidos de todo el viaje, destacan la cala Magraner y la cala Murta,
dos pequeñas playas rocosas algo escondidas, caracterizadas por el azul turquesa
de sus aguas. Antes de llegar a la cala Murta, aprovechamos para dar de comer a
unos burros las zanahorias blandas que habíamos comprado hacía un par de días
en el supermercado de Ariany. No parecen poner pegas al estado mustio de las
hortalizas. La última zanahoria se la lleva una cabra que baja a la playa en
busca de las peladuras de fruta que los pocos visitantes dejan para estos
animales, que habitan las áreas montañosas que rodean la cala.
De regreso
a Ariany, hacemos una parada en Pollença, donde subimos los 365 peldaños
empedrados del Calvari, que nos conducen hasta una pequeña colina. Aunque la
vista desde arriba es impresionante, mi ligamento redondo derecho, algo
resentido por el embarazo, me recordó la subida durante el resto del día.
Mallorca
ha resultado ser un buen destino para nuestra babymoon. Me quedo con la pureza y la calma de sus paisajes, la
belleza intacta de sus pueblos de montaña, los platos baratos de sus
restaurantes de carretera y los desayunos copiosos del hotel. Ahora, ya de
vuelta en Berlín, solo queda aguardar la llegada de la primavera, que comienza
a asomar en los cerezos en flor y las ramas doradas de las Forsythia.

















































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