Cuzco
me recordó a un gran pueblo con carácter de ciudad. Ubicado en pleno Valle
Sagrado, rodeado por la imponente cordillera de los Andes, destaca por el
bullicio de sus calles y la riqueza en vestigios del pasado inca. Por desgracia,
esto va de la mano del atosigamiento propio de los lugares turísticos: las avenidas
principales están repletas de vendedores ambulantes y personas que recomiendan
restaurantes cercanos. Aun así, es posible escaparse a algunos rincones para
dejar atrás el alboroto del casco antiguo. En algunos empinados callejones del
artístico barrio de San Blas, por ejemplo, podía pasearse tranquilamente cuando
el sol comenzaba a esconderse. Aquí proliferaban los talleres de artistas y las tiendecitas
con mucho encanto.
Uno
de los atardeceres, subimos al bosque de eucaliptos de Qengo, cuyos delgados troncos
parecían prácticamente interminables, y entre los cuales apenas había
separación. Entre ruinas incas presenciamos cómo el cielo pasaba de un rosa
claro a un violeta intenso. Desde lo alto de aquel bosque contemplamos las
luces cálidas de la ciudad, que alumbraban tenuemente las casas rústicas construidas
por los propios habitantes en las laderas de los montes. Había, sin embargo,
una luz blanca y clara, procedente del Cristo Blanco, que presidía la ciudad
como símbolo incuestionable de la religiosidad del país, que convive hasta
cierto punto con las creencias incaicas.
Los
mejores desayunos los probamos en Organika Bakery & Coffee, donde servían
deliciosas tortitas de quinoa con todo tipo de fruta y deliciosas tostadas con
hummus, langostinos o guacamole. Fue en esta cafetería donde nos aprovisionamos
de unos sándwiches para emprender una excursión al balcón del Diablo, un peñón
de unos 50 metros de altura en pleno monte. Se encuentra a pocos minutos de la
fortaleza de Sacsayhuamán, adonde casualmente salimos sin necesidad de pagar
entrada (fue más bien una equivocación, pero parece que nadie se dio cuenta). Apenas
nos cruzamos con otros senderistas, y pudimos adentrarnos por el interior de una
caverna atravesada por un río. Tras varias horas de caminata, nos topamos con
ruinas incas donde no había nadie y a las que podía accederse fácilmente tras
seguir un canal. La soledad del paisaje era un bálsamo tras tantos días entre
el gentío.
Dejamos
atrás Cuzco para continuar visitando otros rincones del Valle Sagrado. Hasta
las ruinas arqueológicas de Moray llegamos en quad, atravesando las inmensas llanuras a los pies de los Andes.
Estas ruinas son unas terrazas circulares que constituyeron un centro de
experimentación agrícola de los incas. Después fuimos hasta las salineras de
Maras, cuyas terrazas me recordaban a las teselas de un mosaico blanco y rosa
arcilla. El color rosado de la sal se debe a los minerales provenientes del
agua de manantial y del suelo arcilloso de la región.
Desde
allí fuimos hasta Urubamba en un gran autobús, y de Urubamba nos desplazamos
hasta Ollantaytambo en un autobús más pequeño. Era imposible no enamorarse del
sosiego y ambiente rural de Ollantaytambo, donde los muros de piedra y las
edificaciones bajas me traían al recuerdo los pueblecitos del interior de
España. Esa misma noche teníamos que coger un tren hasta Aguas Calientes, el
punto de partida para subir hasta Machu Picchu, pero nos dio tiempo a dar un
paseo por el pueblo, tomarnos un buen café en la preciosa cafetería Latente
specialty coffee y subir hasta las famosas ruinas.
A
la mañana siguiente, tras dormir una noche en Aguas Calientes, subimos hasta la
ciudadela de Machu Picchu. Esta se encuentra incrustada entre imponentes
montañas, cubiertas casi por completo de exuberante vegetación. Aquí, los Andes
ya no eran agrestes y arenosos, sino verde esmeralda. Las terrazas construidas
por los incas eran las únicas superficies horizontales; el resto del paisaje se
erguía en vertical. A los pies de la cordillera fluía el río Urubamba, cuyo
caudal era escaso por ser temporada seca. La mañana de nuestra visita, las
cumbres estaban envueltas de niebla, la cual impedía al sol incidir con fuerza.
La mayoría de los turistas realizaban poses absurdas delante de una de las
actuales siete maravillas del mundo. El único rastro de interés histórico o
cultural se veía reflejado en los guías, que iban escopeteando cifras y
anécdotas a distintos niveles de altura. Los turistas se asemejaban a tristes
cóndores sin plumas que, en vez de aprovechar las corrientes de aire para echar
a volar, aprovechaban las perspectivas fotogénicas para echarlo todo a perder.
No tengo nada en contra de las fotografías delante de monumentos, pero las
poses ridículas y el desinterés por conocer más a fondo el sitio en sí me
parecen un despropósito.
Antes
de abandonar Cuzco, visitamos la montaña Palccoyo, la alternativa menos
frecuentada a la montaña Arcoíris. Gracias a su peculiar composición de
minerales, presenta exuberantes colores turquesa, rojo sangre y ocre. Mientras
ascendíamos hasta el Bosque de piedras, una hilera escarpada de rocas en lo
alto de la montaña, conversamos con dos parejas de israelíes que estaban pasando
sus vacaciones en Perú. Una de las parejas era originaria de Sudáfrica, pero se
había mudado a Israel por las facilidades económicas que el país ofrece a los
judíos. Recuerdo que, mientras comíamos con ellos, la joven israelí nos contó
que sus padres se preocupaban por ella, pero que ella les tranquilizaba
diciéndoles que las noticias describían una situación mucho más cruda de la
real, que ellos se sentían muy seguros en su nuevo país de acogida. Cada vez
que leo acerca del conflicto en Israel, me acuerdo de las palabras de esa joven
de cabello rubio, y me pregunto cómo habrá cambiado su vida y la de su marido. «La
vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante».
La tranquilidad de las calles arequipeñas fue el contrapeso ideal para olvidarnos del ajetreo de Lima. Arequipa nos recibió de buena mañana, tras un trayecto nocturno en bus desde Ica. Debido al riesgo sísmico, todos los edificios de la segunda ciudad más poblada de Perú son bajos, y muchas de las fachadas están construidas de piedra volcánica blanca. La arquitectura de disimulada altura contrastaba con los protagonistas del telón de fondo: los volcanes Misti, Chachani y Pichu Pichu.
Muchas casas, incluido nuestro hotel (La Casa de Melgar), encerraban entre sus paredes un pasado colonial. Cada vez que íbamos a nuestra habitación, descubría un nuevo objeto que captaba mi atención, como las destiladeras de piedra, que antiguamente actuaban de filtro para poder beber el agua de la lluvia. Por las mañanas, desayunábamos en un inmenso jardín salpicado de hortensias y rosales, y tan solo se escuchaba el canto de algún que otro pájaro. Tras el desayuno, nos poníamos en marcha para ir al mercado de San Camilo, donde siempre había gran bullicio. Aquí llegamos a presenciar una misa en directo en la que el cura cantaba canciones y los feligreses se reunían en un corro impidiendo el paso. No muy lejos de allí probamos el queso helado de Doña Rosa, un delicioso postre arequipeño elaborado con leche, coco, vainilla y canela. Debe su nombre a la similitud con las lascas de queso, dado que se sirve helado, superponiendo las capas de leche cuajada una encima de la otra.
Uno
de los mejores descubrimientos fue la azotea de la cafetería Mi Kcao, en pleno
centro histórico. Con vistas a la cumbre nevada del volcán Chachani, fuimos con
la idea de presenciar el atardecer y endulzarnos la noche con una taza de
chocolate caliente. Los cálidos colores de la puesta de sol eran similares a
las murallas rojas del monasterio de Santa Catalina, donde los geranios y las
paredes encaladas traían al recuerdo el sur andaluz. En este enorme convento
vivían monjas de clausura de familias adineradas, que disfrutaban de lujos poco
usuales para el estilo de vida conventual, como varias criadas. En uno de los
claustros, vimos cómo un pequeño colibrí libaba el néctar de la flor nacional
de Perú: la cantuta.
Dejamos
atrás la ciudad blanca para adentrarnos en el Valle del Colca, donde vimos a
las elegantes vicuñas. Es muy difícil obtener su preciada lana, ya que deben
esquilarse en poco tiempo para que no se estresen demasiado y mueran durante el
proceso. En esta zona de desiertos alpinos, también vimos llamas, guanacos y
alpacas. En el pueblo de Chivay, a 3.635 metros sobre el nivel del mar, visitamos
los baños termomedicinales Roka, con piscinas de cobre y azufre de hasta 40
grados de temperatura. Nos llamó la atención que en las calles de Chivay había
algunas personas que llevaban mascarilla. Nuestro guía nos explicó que el covid
había causado grandes estragos en esta pequeña localidad, y que allí se decía
que estas personas padecían el «síndrome de la cara vacía».
A
la mañana siguiente, presenciamos el vuelo del majestuoso cóndor, que se
desplazaba aprovechando las corrientes térmicas del profundo cañón. Estas aves
pueden vivir hasta 65 años y pueden llegar a medir unos tres metros con las
alas desplegadas. Al igual que los pingüinos Humboldt, son animales monógamos,
y tienen crías cada tres años, uno de los motivos por los cuales están en
peligro de extinción. Ese mismo día, nos dirigimos a la ciudad de Puno. Durante
el trayecto nos cruzamos con un grupo de flamencos que buscaban alimento en la laguna
de Salinas.
Llegamos
a Puno cuando empezaba a oscurecer, y nuestro anfitrión nos recogió en barco para
atravesar el lago Titicaca. Nuestro alojamiento era una cabaña con terraza en
una de las islas flotantes de los uros, un pueblo preincaico. Estas islas se edifican con totora, un junco que crece en la superficie del lago
Titicaca. Todo está elaborado con esta planta acuática: los barcos (construidos
imitando la forma de animales como el puma o el pato), las casas, los objetos, las
artesanías… Habitar en las islas de totora fue una experiencia inolvidable,
pero se vio entorpecida por las incomodidades relacionadas con de la altitud y
la sequedad del aire. Nunca antes en mi vida había tenido la piel tan seca pese
a aplicarme crema hidratante día y noche.
Una de las excursiones que realizamos fue a la Isla de Taquile, que me recordó a una isla griega despoblada. Aquí, el lago Titicaca se asemejaba al mar Mediterráneo por su color azul turquesa. Las ovejas que pastaban por la isla tenían las patas atadas para no invadir el territorio vecino. En la isla volvimos a ser testigos de una de las paradojas que más nos ha molestado durante nuestro viaje. Muchas de las tradiciones peruanas se mantienen gracias al turismo, por lo que es una conservación forzada que no nace del propio interés cultural del pueblo en sí. En un pueblo del valle del Colca, por ejemplo, había niños y niñas que danzaban en la plaza esperando recibir monedas, pues estas eran el único aliciente para seguir representando su baile tradicional. Se trata de una cultura que ha nacido de forma orgánica, pero que se mantiene de forma artificial.
Si
llegamos al lago al atardecer, nos volvimos a despedir de él también en el ocaso.
En la estación de Puno nos esperaba un bus nocturno con el que pondríamos rumbo
a nuestro siguiente destino: la ciudad andina de Cuzco.
En el Malecón de Miraflores, el viento soplaba con fuerza y sacudía las plantas del acantilado. Los surfistas se arracimaban cerca de la costa para tomar algunas tímidas olas, ya que el océano no estaba demasiado embravecido. Con sus neoprenos oscuros, recordaban a grupos de leones marinos en busca de pescado. Por mucho que Miraflores fuese el barrio turístico por excelencia, nosotros nos quedamos con Barranco. Pero, como todo en Lima, el atractivo del barrio no residía en la belleza impoluta de calles de catálogo, sino que estaba lleno de aristas. La cúpula de una iglesia, por ejemplo, había sido conquistada por una bandada de buitres y estaba prácticamente cayéndose a trozos. Central, el mejor restaurante del mundo, está custodiado por varios seguratas y rodeado por un muro, por lo que su exterior recuerda al de una cárcel. A pocos minutos a pie, en el Museo de Osma, nos quedamos maravillados ante un armario revestido de pequeñas placas de concha de nácar y carey que antaño fue utilizado como mueble bar.
Una noche, sin comerlo ni beberlo, nos adentramos en pleno barrio chino. El bullicio y caos se asemejaban a un mal viaje bajo los efectos de algún estupefaciente. Entramos en un centro comercial donde había dos plantas dedicadas a tratamientos de estética. Todos los establecimientos eran iguales y mostraban imágenes idénticas de uñas encarnadas, hongos y pestañas postizas. Éramos los únicos turistas en aquellas calles anárquicas con luces cegadores y sonidos estridentes. Fuera, se sucedían los puestos ambulantes de anticuchos, carne asada y choclo con queso. Había algún que otro niño que, en mitad de aquel desmadre, vendía piruletas para ganas algunos soles.
Este
verano ha venido marcado por las mudanzas. La primera y más discreta fue la de
mi estudio en Bonn, a mediados de julio. La segunda y más ardua fue la de
Friburgo: a finales de julio tuvimos que despedirnos de la Selva Negra para poner
rumbo al noreste del país, concretamente a unos 800 km de distancia. Hemos
pasado de una pequeña ciudad de unos 200.000 habitantes a una metrópolis de
unos 3,8 millones. Pese a ello, elegimos vivir a las afueras para no dejarnos
engullir por el ajetreo urbano.
Nuestra nueva vivienda se encuentra en Grünau, un pequeño barrio perteneciente al distrito Treptow-Köpenick, al sudeste de Berlín. La zona se caracteriza por la abundancia de vegetación y agua, ya que el barrio colinda con el río Dahme. Hay muchos edificios nuevos y el concepto de construcción se basa en la integración armónica de las viviendas en el entorno, con el agua y las plantas como leitmotiv. De hecho, cerca de donde vivimos hay un bonito estanque con peces koi. De vez en cuando, puede verse una garza camuflada entre los juncos que los observa de cerca, probablemente consciente de que los koi están ya demasiado lozanos como para poder engullirlos, pero fantaseando aun así con llevárselos al pico. En medio del complejo hay una amplia alberca en la que se almacena agua de riego, pero que también sirve de hogar a una bandada de patos que pasan las noches allí.
Una
de las ventajas de la nueva vivienda es la luminosidad de las estancias. Además,
la cocina es mucho más grande que la anterior, así que da gusto ponerse a
trastear entre cacerolas. Todavía faltan algunos detalles, pero ya nos sentimos
muy a gusto en el nuevo hogar, e incluso hemos logrado resolver la mayoría de
los asuntos burocráticos pendientes. Aparte de superar la odisea de
empadronarnos en esta ciudad, hemos aprovechado estos días de agosto para
callejear. A principios de mes, fui con mi madre a tomar brunch en una cafetería un tanto especial: 21 gramm. Este local está
dentro de la antigua capilla de un cementerio, de la cual todavía se conservan muchos
elementos arquitectónicos y decorativos, como las columnas corintias o los murales.
Otro
de los descubrimientos de este mes ha sido Bartleby & Co., una acogedora
liberaría de Kreuzberg en la que ofrecen una amplia variedad de libros en
español. De allí salí con un ejemplar de Japón
perdido, del autor Alex Kerr, con idea de prepararme para el viaje que
realizaremos a finales de marzo del año que viene. Sin embargo, mucho antes nos
aguarda otro largo viaje que ya está a la vuelta de la esquina: a principios de
septiembre nos marchamos tres semanas a Perú. Será mi primera vez en
Latinoamérica, así que tengo mucha curiosidad e interés por ver las sorpresas
que me deparará el país de los incas.




























































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