Parece mentira que ya hayan transcurrido más de
tres semanas desde que me apeé en la estación principal de Fráncfort. El 31 de
julio puse rumbo a la ciudad financiera, llevando a rastras un pesado maletón
al que no le vendría mal otra hilera de ruedas para hacer más llevadero su
transporte. Como ya comenté en una entrada anterior, me he venido aquí para realizar
unas prácticas de traducción durante dos meses en una agencia estatal, centrada
en el desarrollo sostenible y la cooperación técnica. Por el momento, estoy muy
contenta con esta organización, ya que el ambiente de trabajo es muy agradable
y las tareas no son en absoluto monótonas. Está siendo una buena oportunidad
para tocar otros ámbitos que en la carrera apenas se ven, como la gestión de
proyectos o el control de calidad de las traducciones. Además, la temática es
muy variada y comprende desde informes en materia de medioambiente hasta
boletines de prensa sobre programas educativos en países emergentes.
Ha pasado ya más de medio año desde que
estuvimos por Berlín la última vez. El
31 de diciembre, a falta de tres horas para que redoblasen las campanas en la
Puerta del Sol, aterricé en el insulso aeropuerto de Schönefeld –qué
despropósito de nombre, dicho sea de paso–. Mi viejo amigo el frío quiso hacer
de las suyas, pero yo ya iba con un abrigo puesto y con otro en mano (gajes del
limitado equipaje de mano y de la diferencia de precios entre el Zara alemán y
el español). Mi sorpresa de bienvenida fue una Berliner Kindl medio vacía, una
cerveza con nombre de libro electrónico que tampoco es para tirar cohetes… Eso
sí, los cohetes llegaron después. Había olvidado que los alemanes se ponen
falleros el último día del año como los que más, así que tuvimos traca hasta
las tantas (bis in die Puppen, como
dirían por aquí) y un agradable olor matutino a pólvora.
«Vivían en una realidad estrecha y horrenda,
entre la oficina y el hogar, entre el tranvía y el restaurante, entre la boda y
el entierro».
Dos ciudades, Adam Zagajewski.
El otro
día me enteré de que el poeta polaco Adam Zagajewski había obtenido el Premio
Princesa de Asturias de las Letras 2017. Deleitada por la casualidad de leer en
la prensa el nombre de un autor al que hace poco tuve la suerte de descubrir, permanecí
más tiempo de lo normal en la Mensa tan solo para leer la noticia por completo.
En semanas como estas, me toca obligarme a dedicarle tiempo a actividades para
las que creo estar demasiado ocupada. Son un respiro necesario en una rutina
acelerada que, de lo contrario, terminaría por ahogarme.
Una de las metas de cualquier estudiante de un
idioma extranjero es llegar a mantener conversaciones cotidianas con fluidez.
Para lograr dicho propósito, los materiales didácticos solo nos muestran la
mitad del camino, ya que el foco de atención suele colocarse en las reglas
gramaticales y el vocabulario. No son pocos los casos en los que el estudiante
es capaz de escribir una redacción intachable sobre el uso de las energías
renovables y, a la hora de charlar con otros nativos sobre temas más banales,
la inseguridad se apodera de su lengua y le cuesta salir del paso ―o no logra
expresarse con la naturalidad que le gustaría―. La perseguida soltura se va
adquiriendo tras cierto tiempo viviendo en el país donde se habla esa lengua, a
base de escuchar a los nativos y de ir automatizando las expresiones que
emplean en determinadas situaciones. Aun así, conocer de antemano algunos
rasgos del alemán oral puede ser muy útil para facilitarnos la difícil empresa
de dominar este idioma.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Social Icons