Las dos últimas semanas de junio las pasamos entre la Selva Negra y Suiza, intentando aprovechar al máximo mi último mes de baja por maternidad antes de reincorporarme al trabajo. Nuestra primera parada es Buchenbach, un pequeño pueblo cerca de Friburgo.

La granja en la que nos alojamos se encuentra en lo alto de una montaña, y nuestra casa de madera, construida en 1985, está enclavada en la ladera, junto a un gran tilo y delimitada por una frontera natural de zarzamoras. El tilo está rodeado de abejorros y abejas que liban el néctar de sus flores amarillas. A lo lejos se escuchan los cencerros de las vacas que pastan en los prados circundantes. El rebuzno de los burros retumba entre los montes y tiene algo de esperpéntico, casi irreal. A la vera del camino crecen fresas silvestres, mientras las dedaleras moteadas salpican de color las vallas y las pendientes. Hay tantas moscas que acosan a los caballos que la única esperanza es que las golondrinas den buena cuenta de ellas, o eso es lo que nos comenta el granjero que cuida de los animales. En la ladera junto a la casa, justo frente a la cocina, se esconden entre la vegetación unos arbustos cargados de grosellas rojas y negras.

Todas las mañanas subimos a los establos para saludar a los conejos, las cobayas y los ponis. El más veterano, Tarzan, tiene ya treinta y seis años y se pasa el día mordisqueando hierba en algún rincón de la granja. De camino a Friburgo, nos detenemos en una máquina expendedora de productos locales: compramos mermelada de moras, manzanas, zumo recién exprimido…

En Friburgo recorremos las calles por las que tantas veces paseamos cuando vivíamos allí. Tomamos café y tarta en Bergäcker Café, un lugar al que solíamos ir cuando Milan vivía en Littenweiler; observamos las diminutas ranas que han nacido ese verano en el Waldsee; caminamos por la Kartäuserstraße y por las calles tranquilas de Wiehre; comemos platos bávaros en la terraza de Kreuzeck Wirtshaus. He traído conmigo la Canon Prima Mini II que compré hace poco y empiezo a probarla para acostumbrarme poco a poco a la fotografía analógica.

Última noche en Buchenbach. Hay un olor dulzón suspendido en el aire. Observo los juegos de sombras que los árboles de la colina proyectan sobre la ladera. Tengo que despedirme de nuevo de la Selva Negra, del gorjeo de los pájaros y del tintineo metálico de los cencerros. Friburgo guarda demasiados recuerdos. Regresar a ella es, de algún modo, necesario para reencontrarme con aquel año en que sentí que empezaba a vivir plenamente como adulta, lejos de mi Valencia natal. Una mariposa se ha posado en la mosquitera de nuestra habitación. Sus alas tienen dos círculos que recuerdan a los ojos de una máscara. Empiezan a caer las primeras gotas tímidas de la tormenta de verano anunciada para esta noche. El aire está cargado y cálido, envuelto en ese bochorno electrizante que precede a la lluvia.










Una semana después cruzamos la frontera con Suiza, rumbo a Magglingen. Las mieses, ya doradas, se inclinan al paso del viento, pesadas de grano maduro. Hace mucho calor y las horas centrales del día apenas se soportan fuera del agua, así que vamos todos los días a la piscina municipal. Por las mañanas desayunamos leche fresca, mantequilla y queso comprados en la épicerie del pueblo. Cuando el sol empieza a aflojar, paseamos por los pueblos vitivinícolas y medievales de La Neuveville y Ligerz, o nos adentramos en el bosque para hacer alguna excursión a la sombra. Uno de esos días hacemos una excursión a la Taubenlochschlucht, una estrecha garganta excavada por el río Schüss en la roca caliza. El sendero se abre paso entre paredes de piedra cubiertas de musgo, bajo la sombra espesa de los árboles, mientras el agua corre y se precipita entre las rocas.

El último fin de semana vamos a Lucerna para visitar a una amiga que vive allí. Nos bañamos en el lago, rodeados por las imponentes montañas que abrazan la ciudad; en una de ellas todavía persiste la nieve en la cumbre, pese al calor del verano. Después cenamos pizza a orillas del lago, contemplando cómo el paisaje se tiñe poco a poco de los colores del atardecer.






















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