Os vuelvo a escribir desde tierras alemanas, pero
no en calidad de au pair, sino de estudiante Erasmus. El martes por la noche
llegué al fin a Freiburg. Todavía estoy en la etapa de “no me creo que esté
viviendo en esta ciudad de ensueño”, pero poco a poco empiezo a concienciarme
de que estudiaré dos semestres enteros.
Aun así, como no podía ser de otra manera, los
contratiempos me estaban esperando con los brazos abiertos.
Resulta que al llegar al aeropuerto de Basilea,
me encuentro con que mi autobús se acaba de marchar. No es que me pillase del
todo de sorpresa, porque mi maleta salió bastante tarde, como de costumbre. Me tocaba esperar otra hora (hasta las 23:45)
para coger el próximo. Cuando ya me había hecho a la idea y me resignaba a
esperar una hora entera, aparece un hombre que me comunica que se acaba de ir
el autobús hacia Freiburg. “Sí, sí, estoy al tanto. Delante de mis narices ha
pasado”, le respondo. Entonces me dice con toda la amabilidad del mundo que le
acompañe, que él trabaja para la misma compañía. Sí, podéis imaginaros todas
las películas policiacas de asesinatos, violaciones y secuestros que pasaron
ante mis ojos, así como la vocecilla de fondo de mi madre rezando la
archiconocida frase de: “No te fíes de desconocidos”. No sé si fueron mis pocas
ganas de esperar otra hora más o algún impulso descabellado, pero me dispuse a
seguirle hasta el furgón con algo de reparo.
El hombre se percató enseguida de mi reacción e
intentó tranquilizarme diciéndome que dentro de nada llegaban sus clientes. Y
así era, a los pocos segundos apareció un grupo de ancianitos alemanes, algo más
tostados de lo normal porque acababan de llegar de su estancia en Mallorca. Entonces
me acordé de que sí que era cierto que la compañía ofrecía un servicio de
coches para grupos reducidos. El precio era el mismo que si hubiera cogido el
bus, así que no me lo pensé dos veces y me subí. Qué tendrán los viejecitos
alemanes que inspiran tanta confianza.
Antes de llegar a Freiburg hicimos algunas
paradas para ir dejando a los otros pasajeros en sus respectivos domicilios.
Una vez me dejó en la estación principal, me resultó fácil encontrar el camino
hasta la residencia. A pesar de que eran solo en torno a 7 minutos andando,
tenía que arrastrar la pesada maleta y todo el elenco de abrigos y bolsos que
llevaba encima. El empedrado de la ciudad tampoco lo puso demasiado fácil,
dicho sea de paso.
Al llegar tan tarde, me había tocado hacer uso
del servicio Off-hour de recogida de llaves. Así que, tal y como había quedado
con el tutor, me presenté a las 12 delante de su edificio y llamé a su timbre.
Este es un estudiante de aproximadamente mi edad que se encarga de organizar
actividades, excursiones y demás. Al ver que nadie respondía, le llamé por
teléfono. Nada, no lo cogía. Le llamé como unas seis veces en total, hasta que
me di cuenta de que no servía de nada. Sin ganas de pasar la noche enfrente de
la puerta, me puse a preguntarle a todo estudiante que pasaba por allí a esas
horas (véase alemanes y extranjeros alcoholizados). Si probablemente ya
tendrían complicado atinar con la llave en la cerradura de sus habitaciones,
mis explicaciones con un tono de voz desesperado les sonaban a chino. Tras una
hora de reloj, me llamó al fin el tutor. Su disculpa fue un: “Oh, lo siento
mucho, es que no había escuchado el móvil”. Ganas de matar aumentando.
Cuando entré en mi habitación me encontré con una
gran estancia con complejo de hospital. Sí, todos los muebles nuevos y en
perfecto estado, pero de un blanco aséptico que casi dañaba la vista, en
consonancia con las paredes. La excursión al IKEA no tardó en llegar, pero
todavía me queda comprar un par de cosas más para aclimatarme mejor. Supongo
que cuando pase un poco más tiempo conseguiré ir convirtiéndolo poco a poco en
mi hogar. Por lo demás, el piso está muy bien. Comparto cocina y baño, pero hay
de todo gracias a mis compañeras, las cuales llevan aquí ya un año viviendo.
Intento de aportarle un poco de personalidad a la habitación
Vistas desde mi cuarto
Por lo que respecta a mis mis compañeras de piso,
no tengo ninguna queja. Son tres chicas alemanas majísimas y una de Irán, con
la cual apenas he intercambiado un par de frases porque no sale de su cuarto ni
por asomo. Da la casualidad de que una de las chicas alemanas es de Göttingen,
así que conoce a una amiga mía de allí. Está claro que el mundo es un pañuelo.
Todavía no he conocido estudiantes Erasmus, porque
ayer me pasé todo el día comprando y hoy es la fiesta nacional alemana (Tag der Deutschen Einheit), así que está
todo cerrado. Mañana hay un tour organizado por el Studentenwerk para hacer
trámites, por lo que supongo que conoceré a más gente.
Esta mañana he vivido la odisea de tirar la
basura en Alemania en toda regla. Tenemos un plan sobre tareas de cada semana,
por lo que a mí me toca tirar la basura a lo largo de esta. Los cubos estaban
tan llenos que me ha tocado hacer tres viajes en total. Llevan tan a rajatabla
el tema del reciclaje que he ido con miedo por si la cagaba al tirarla en el
contenedor que no era. Por suerte estaba todo bien indicado, por lo que
únicamente he hecho más viajes que un tonto.
En definitiva, todo va genial. Esta ciudad no
para de darme razones para enamorarme de ella. Y ahora que tengo la cámara nueva, voy como loca por todas las esquinas haciendo fotos.
Este es mi último fin de semana como au pair en
el Palatinado. Hoy hace justo tres meses desde que llegué aquí y apenas me lo
creo. Por una parte tengo la sensación de que el tiempo ha pasado volando (o,
como dirían por estas tierras: die Zeit
vergeht wie im Flug), pero a la vez ha habido momentos en los que se me ha
hecho eterno, sobre todo cuando mis niveles de paciencia rozaban el subsuelo.
Aunque sí que es cierto que no todo ha sido de
color de rosa y que he tenido mis bajones debidos a la monotonía, el balance ha
acabado siendo positivo. Estar viviendo tres meses bajo un techo alemán me ha
ayudado a conocer de lleno una cultura de la que llevo enamorada varios años. Como
es lógico, también he notado cómo mi alemán ha mejorado, sobre todo en lo que
se refiere a expresión y comprensión oral a nivel coloquial.
Ayer fui a Mannheim de compras y me encontré con
una confitería genial: Hussel. Al parecer tiene distintos establecimientos por
toda Alemania, aunque es la primera vez que reparo en ella. Venden todo tipo de
chocolatinas, bombones, grajeas de miles sabores… En resumidas cuentas, un
paraíso para los amantes del dulce.
Estuve tentada de comprar varios libros en
Thalia, porque había una de estas promociones de todo a 1,5€, pero en vistas de
que ninguno terminaba de convencerme y de que tengo hasta pasado mañana para
acabarme uno que comencé hace poco, deseché la idea. A pesar de eso, cayó una
pequeña libreta para continuar apuntando vocabulario. La otra que tengo la
comencé cuando empecé a aprender alemán (hace algo más de 3 años), así que
podéis imaginaros lo vieja que está ya la pobre.
También me pasé por WMF, porque mi madre ama esta
marca alemana de utensilios de cocina. No es que sean precisamente baratos,
pero me acordé de que hacía tiempo que queríamos comprar un colador de té, así
que cogí uno que me pareció adorable.
Fueron pequeños caprichos de nada, pero tampoco
quería cargar mucho por el tema del peso de la maleta. Las compras de verdad
comienzan cuando vuelva a Valencia el martes. Bueno, y el estrés, para qué
engañarnos. En una semana tengo que ir al dentista, al oculista, a la
peluquería, comprar ropa y algunas cosas más, al zapatero para arreglar un
bolso… Si a eso se le suma imprimir todo el papeleo para el Erasmus y la
celebración del cumpleaños de mi hermano, no sé yo si me quedará tiempo para
respirar o algún paso sin hacer.
Hoy he ido con la familia al Andechser Bierfest,
que es como una especie de Oktoberfest a reducida escala que hacen aquí en Haßloch
todos los años. Sí, en estas fechas comienzan a surgir miles de réplicas de la
conocida fiesta bávara. Había una carpa gigante y diversas atracciones para los
niños, una de las cuales era una noria desde donde se podía ver todo el pueblo. Lo mejor de todo era la inmensa variedad de
puestos de comida, que provocaban que se entremezclasen los olores de Currywurst, Bratwurst, Krapfen, salmón
ahumado, algodón de azúcar, crepes con Nutella… Como mi madre lleva diciendo
desde hace meses que se me va a quedar cara de salchicha, he probado otro
plato: Spießbraten. Bajo en calorías,
como toda especialidad alemana que se precie, se trata de una especie de pincho
moruno, que venía acompañado de cebolla caramelizada, una salsa ligeramente
agria y el típico panecillo o Brötchen.
Y como no podía ser de otra manera, la cerveza
era la gran protagonista. El mismo festival recibe su nombre a raíz de la
cerveza Andechs, producida en un convento de la Alta Baviera. Los de esta
región parecen no tener reparo alguno en vestirse con los típicos trajes
bávaros, por lo que se dejaban ver la mar de felices con sus Lederhosen, bailando al son de canciones
inconexas. Sí, igual ponían a Elvis que al rato tocaba canción alemana
desconocida. Creo que pinchaba un mono oligofrénico.
Pues sí, mi etapa como au pair ha llegado a su
fin, así que en una semana comenzará la siguiente: el Erasmus. Bis nächste Woche, Deutschland.
En realidad esta entrada habría tenido más
sentido la semana pasada, pero en vistas de que estos últimos días no ha
ocurrido nada relevante, me decido a relatar ahora mi segunda visita a
Heidelberg el pasado viernes.
Esta vez no fue de turismo, sino que había
quedado con un estudiante de Medicina de allí para tomar algo y ver un poco más
de la ciudad. Si es que me quedaba algo por ver, porque la ciudad no es que sea
excesivamente grande y en julio ya me tiré un día entero pateándomela.
Quedamos a las 19:15 enfrente de la Galeria
Kaufhof. Un gran almacén que es algo así como el equivalente al Corte Inglés en
Alemania (solo que sin la maravillosa sección de jamón serrano envasado al
vacío ni las deliciosas tortitas con chocolate y nata).
Cuando Benny me preguntó qué quería ver de
Heidelberg, le comenté, en un patético alarde de turista entendida, que ya
había visto prácticamente todo la última vez que estuve. “¿El castillo
también?”. Tocada y hundida. Vale, el castillo puede verse desde todas partes,
pero no había subido a la colina. Que conste que esto no se debió a que no lo
intentara. Basándome en el gigante mapa de la oficina de turismo (al
desplegarlo daba la impresión de estar hecho a escala 1:1), intenté seguir un
camino que supuestamente llegaba hasta lo alto de la colina, pero me topé con
una puerta cerrada y desistí.
Total, que nos dirigimos hacia la colina a través
de la concurrida Hauptstraße. La arteria principal de Heidelberg en lo que a
tiendas se refiere estaba mucho más vacía que la primera vez que la visité.
Comenzaba a anochecer y los turistas asiáticos ya no se dejaban ver con tanta
facilidad, sino que ahora se veían sustituidos por estudiantes alcoholizados y
parejas de avanzada edad.
Tras subir una hilera interminable de escalones,
al fin llegamos a la cima. “Espero que la vista merezca la pena”, resoplé,
intentando disimular mi penosa condición física sin demasiado éxito. Y así era.
Para mi alivio, presenciamos un espectacular atardecer desde el Schlossgarten
(Jardín del castillo), que nada tenía que envidiarles a los de Freiburg. El
cielo rosicler fue oscureciéndose en un abrir y cerrar de ojos a medida que el
sol se ocultaba detrás de las pocas nubes que había en el horizonte. Porque
aquel fin de semana hubo una severa subida de las temperaturas y el clima no
podía ser más veraniego. Lejos de tratarse de un bochorno insoportable, había
una ligera brisa y algo de humedad en el ambiente, propio de las noches de
verano que parece que invitan a pasear.
Es una verdadera lástima que con el objetivo roto
no pueda tomar buenas fotos de noche, así que me toca recurrir a Internet para
encontrar una vista similar de la que pude disfrutar:
http://hhauke.wordpress.com/
Estaba tan despejado que incluso se divisaba Mannheim
y Ludwigshafen a lo lejos.
Doblé mi cuerpo ligeramente para comprobar a qué
altura estábamos y el chico se alarmó un poco: “No saltes, ¿eh?”. “Descuida”, respondí.
Me ahorré el: Oh, gracias por tomarme por una demente a la que le asaltan ideas
suicidas así de repente.
A continuación fuimos a un pub a por unas
cervezas. Acabamos en uno pequeño de Untere Straße con las paredes llenas de
imágenes incongruentes y algo perturbadoras. El batiburrillo de imágenes era
tal que lo mismo te encontrabas una instantánea de un torero que te topabas con
una boca sin dentadura. Aun así, el local tenía su encanto y todo. El chico era
originario de Dortmund, pero había vivido un año entero en Colonia, por lo que
insistió en que me pidiera una Kölsch, cerveza clara típica de esta ciudad. Lo
que me pareció curioso es que la forma típica de servirla es un vaso alargado
más bien pequeño, parecido a la caña española, en vez de las típicas jarras a
las que me tienen acostumbrada por estas tierras.
Después de ponerme los dientes largos tras
contarme sus viajes por todo el mundo, le llegó su momento patriótico al hablar
de Colonia. Es el segundo alemán que me hablaba maravillas de Colonia, cuando a
mí no me pareció nada del otro mundo al visitarla hace dos años. Quitando de la
catedral y la zona de tiendas, la ciudad me dejó un regusto indiferente y
anodino. Al parecer el plato fuerte de esta ciudad reside más que nada en el
carácter de la gente y el ambiente que se respira.
En ese momento tenía lugar el partido de fútbol
de Alemania contra Austria. Me extrañó que apenas mirase la pantalla, teniendo
en cuenta que, si hay algo que comparten los españoles y los alemanes es la
pasión por este deporte que yo tanto aborrezco.
—¿No quieres ver el partido?
—No, está claro que Alemania va a ganar. Va a ser
bastante aburrido.
Claro, humildad ante todo.
Como no teníamos demasiada hambre, optamos por
una cena económica. Y qué mejor lugar para disfrutar de algo así que la Mensa,
que son los comedores/cafeterías de la universidad en Alemania. A mí me resultó
de lo más extraño, porque tengo la idea preconcebida de que esos lugares son
solo para comer y no cenar. A la que fuimos en concreto (Mensa im Marstall) fue
declarada la mejor de toda Alemania dos años seguidos. Y con razón, pensé para
mis adentros. Nada que ver con la birria que tenemos en mi facultad de Blasco
Ibáñez. Si por fuera es un antiguo edificio de la Edad Media sacado de novela
caballeresca, por dentro es una sala gigante de lo más moderna. Como no podía
ser de otra manera, habían colocado una pantalla gigante para ver el partido.
Una de las peculiaridades era que había una gran barra donde podías pedir
cócteles y bebidas, más propia de un club que de una cafetería de universidad.
En 10 días se acaba mi experiencia au pairil. Ha
estado plagada de altibajos, pero intento sacar ante todo los momentos
positivos, las cosas que he descubierto y las veladas inolvidables que he
pasado.
Antes de que se me olvide, hace poco me
publicaron otra crítica en la revista online Tokio Blues: http://tokioblues.com/review/algun-dia-este-dolor-te-sera-util/.
Supongo que el título ya describe a grandes
rasgos que esta entrada no va a ser del todo positiva. Mi mala suerte parece resistirse a
abandonarme, así que la película de Lemony Snicket retrata lo que han sido
estas últimas semanas. Pero voy a intentar relatarlo todo con algo de
optimismo, que tampoco quiero hacer de esto un muro de los lamentos.
Estos últimos días aquí podrían resumirse con una
frase cliché que seguro que todo el mundo suelta alguna vez en su vida: it can always get worse. Sí, porque una
piensa: “A ver, se me ha roto el objetivo de la cámara, me robaron la bici, he
padecido la gripe veraniega… ¡A partir de ahora tienen que ir las cosas a
mejor!”. Meeeeec. ¡ERROR! Por suerte (qué irónico utilizar semejante expresión
en esta entrada), la mayoría de incidentes que voy a relatar a continuación se
han solventado.
Resulta que el departamento de Germanistik de la
Universidad de Freiburg ofrece una semana de bienvenida. Ya me apunté a una del
9 al 12 de octubre, totalmente gratuita y que ofrecen los de Relaciones
Internacionales, pero la de Germanistik pintaba bastante bien y, aunque solo me
voy a coger un par de asignaturas de este campo, pensé que sería una buena
oportunidad para conocer gente y mantenerme ocupada. Sí, dos semanas seguidas
de bienvenida. Para empezar con buen pie, oye. La única pega es que esta semana
cuesta unos 30 euros (sacadineros en 3, 2, 1…). Pero estuve informándome y la
gente me habló bastante bien de ella, así que me decidí por hacer la
transferencia. “Va, una no se va de Erasmus todos los días, vamos a tirar la
casa por la ventana”. El problema fue que, al querer tirar la casa por la
ventana, se fue medio vecindario detrás. Una vez efectuada la transferencia, me
fui al historial para cerciorarme de que todo había salido bien. Ahí me
esperaba una sorpresita no muy agradable: la transferencia se había hecho dos
veces. Oh, sí, por favor, dadme un pin. 60 euros menos en mi cuenta alemana.
Presa del pánico, bombardeé a los de la
universidad con correos (intentando que no se me notase el “paniqueo”, pero
creo que podía olerse a la legua). Me respondieron muy cordialmente que por
supuesto que me devolverían el dinero. Volví a respirar de nuevo. Eso sí, el susto
ya quedaba para la posteridad.
Otro de los adorables incidentes ocurrió cuando,
al querer abrir mi maleta, me di cuenta de que el código no funcionaba. Los
niños habían estado toqueteándolo y, sin querer (buena fe ante todo), habían
cambiado la combinación de mi candado. Después de maldecir por milésima vez al
HK mayor, me puse a probar todas las combinaciones posibles con 3 números. Tras
casi 999 intentos y un pulgar más rojo que el círculo de la bandera de Japón,
conseguí dar con la cifra correcta prácticamente al final. Sí, ya, esperar que
estuviera en la primera mitad habría sido algo de suerte. Elemento del que, al
parecer, yo carezco por absoluto.
Y continuamos para Bingo con el siguiente
incidente: váter atascado. Dejando aparte detalles poco pertinentes, solo hay
que mencionar que mi baño quedó inutilizado algunos días, porque el conducto se
obstruyó. Lo mejor de todo fue que, cuando vinieron a repararlo, yo estaba en
la habitación de al lado. Mis “maravillosas” habilidades lingüísticas me
permitieron entender prácticamente el 100% de la conversación en dialecto. Sí,
del que normalmente solo pillo el 40%. Un resumen traducido al español sería
algo así como: “Joder, cada año lo mismo. La gente no entiende que aquí solo
puede tirarse papel del váter. Dios, ¡si es que apesta!”. Coño, ¿qué esperabas,
majo? ¿Que oliese a rosa de pitiminí? Cabe remarcar que ambos individuos
deberían haber aparecido hace tres días, por lo que no era de extrañar que una
rata muerta hubiese olido seguramente mejor que toda aquella agua estancada.
Estos tres problemas ya están solucionados. Sin
embargo, a esto se le suma el angelical comportamiento de los niños en las
últimas semanas. Tanto el HK pequeño como el mayor están insoportables y son
unos maleducados a más no poder. Al pequeño no hay quien lo convenza para que
haga los deberes y, cada vez que intento ayudarle, me suelta cosas como: “A ti
esto no te incumbe. Mi padre no te paga para que me des la vara diciéndome que
haga el deber”. El HK mayor, por su parte, llega siempre del colegio con cara
de mala leche, respondiendo de forma impertinente y dedicándose a atracar la
nevera. Eso sí, que no se me ocurra a mí coger un simple yogur mientras él
pulula por ahí, porque cualquier cosa que coja le parecerá mal y me suelta que
yo no puedo comérmelo porque se lo va a comer él después. Ya estaba quemada
después de todo el día lidiando con el otro, así que puse cara de: “¿¡disculpa!?”
y le dije que yo cogía lo que me salía de las narices. Intentó decirme algo
más, pero al parecer no se le ocurría nada, por lo que se limitó a farfullar.
“¿Has dicho algo?”, le pregunté. “No, nada”. Fin de la discusión.
Por suerte
el padre mantuvo una conversación con ellos y al parecer han prometido
comportarse de ahora en adelante. Hasta que no lo vea con mis ojos, como que no
me lo acabo de creer.
Aunque no todo son malas noticias, claro (¿ah,
no?). La cámara a la que le había echado el ojo ha bajado 10 euros de precio
(¡yay!). La semana del 16 la pediré por Internet, para que cuando vuelva a casa
esté allí. Sí, una chuminada, pero a una le alegran esas pequeñas cosas después
de tanta mala suerte.
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