La capital de Baviera es una ciudad señorial que hace gala de su pasado histórico. Todo en ella es distinguido: desde sus imponentes iglesias barrocas hasta el vestuario estudiado de sus habitantes. Las amplias avenidas bañadas de luz poco tienen que ver con los tortuosos callejones a los que Friburgo me tiene acostumbrada. El orden canónico de las fachadas parece reflejarse también en el armario de los muniqueses, quienes visten con frecuencia prendas caras de claro corte clásico, el extremo opuesto a los atuendos despreocupados e improvisados de la gente de Friburgo. Podría decirse que en Múnich hay mucho señoritingo y que en la ciudad de la Selva Negra reina más bien el ambiente hippie.


En nuestro primer día, dimos una vuelta por el centro de la ciudad, cosechando impresiones y sin ningún destino en mente. Visitamos algunos puntos clave, como la plaza del ayuntamiento (Marienplatz) o el inmenso Jardín Inglés (Englischer Garten), repleto de adolescentes que amortizaban las horas de sol con juegos de pelota. El martes hicimos un pequeño recorrido cuyo punto de partida fue la Haus der Kunst, un museo neoclasicista construido con fines propagandísticos durante el Tercer Reich. A continuación paseamos hasta el Hofgarten, un jardín barroco muy céntrico desde donde puede contemplarse la Theatinerkirche, cuya llamativa fachada amarilla puede verse desde cualquier punto de Odeonsplatz. Con los pies algo martirizados, decidimos darnos un capricho alcohólico en uno de los bares más emblemáticos de Múnich: Schumann´s. Otra visita obligatoria era el Viktualienmarkt, un mercado al aire libre que lleva en activo desde 1807. En los puestos venden todo tipo de alimentos: zumos, especias mediterráneas, salchichas, verduras…



 

El miércoles tomamos el desayuno en el Caffè Conte, donde nos sirvieron un bol de açaí con cereales, un zumo de naranja y zanahoria, dos capuchinos, un Franzbrötchen (cruasán de canela) y un sándwich de salami (M. es más fan de los desayunos salados, mientras que a mí me entra la vena golosa durante las primeras horas del día). Tras reponer fuerzas, nos pusimos en camino al Starnberger See, uno de los lagos más conocidos de Múnich. Nada más llegar, nos encontramos con una familia de cisnes en la orilla. No estaba repleto de turistas y el calor era soportable, de manera que había muchos roquedales que invitaban a tomar asiento para contemplar las aguas en tranquilidad. Nos dimos un chapuzón rápido y cogimos el S-Bahn de vuelta a la ciudad. Al atardecer, paseamos por Schwabing, uno de los barrios más densamente poblados, caracterizado por impresionantes edificios decimonónicos y un inacabable repertorio de restaurantes y cafeterías.


     

La primera vez que estuve en Múnich, se me quedó grabado el antiguo cementerio del sur, probablemente porque no estaba acostumbrada a los ornamentos de las lápidas, las flores silvestres y la normalidad con la que la gente paseaba como si se tratase de un parque más. Nada tienen que ver los cementerios alemanes con los españoles. También hay que tener en cuenta que en los cementerios antiguos no se suele enterrar a gente que ha fallecido recientemente, sino que forman parte de la historia de la ciudad y pasan a ser rincones de quietud en los que la gente aprovecha para leer en un banco sin ser molestados o dar un paseo.


El penúltimo día de nuestro viaje, comimos tortitas americanas (banderita de barras y estrellas incluida). M. se fue a la biblioteca a trabajar y yo di una vuelta por la Alte Pinakothek, un museo donde hay expuestas diversas obras de arte europeo desde el siglo XIV hasta el XVIII. Destacan pintores como Rubens, Van Gogh, Durero o Murillo. Existe la oportunidad de escuchar breves explicaciones sobre los lienzos mediante una aplicación del móvil, cuyo acceso viene incluido en el precio de la entrada. Merece la pena sin duda.



                     


Otra de las principales atracciones de la ciudad por la que discurre el Isar es la ola de los surfistas: la Eisbachwelle. Se encuentra en el Jardín Inglés, cerca de un pequeño puente. Al parecer surfear allí era hasta hace poco ilegal, pero a partir de 2010 se autorizó. Por motivos de seguridad, tan solo puede haber una persona en la ola, así que el resto hacen cola para saltar al agua. A causa de la fuerza con la que fluye el agua, hay muchos surfistas que tan solo aguantan unos segundos en la cresta, mientras que hay otros más experimentados que se permiten el lujo de ir de lado a lado y dar alguna que otra pirueta en el aire.


Acabamos nuestro viaje en la capital bávara con una visita a una de las tabernas más antiguas y famosas: Hofbräuhaus. Compartimos un litro de cerveza, servida en la típica jarra de cristal que tanto trabajo cuesta levantar durante los primeros tragos. Como bien es sabido que el alcohol hace rugir el estómago, calmamos el apetito con un par de tapas españolas al aire libre en Schwabing. Supongo que lo suyo habría sido zamparnos un codillo con chucrut, pero no sé yo si una cena tan contundente le habría sentado bien al cuerpo.  




    

                                                 
Siempre me sorprende lo rápido que parece llegar el invierno. Pese a que todavía es otoño, la mayoría de los árboles de hoja caduca ya casi se han desnudado por completo. La ciudad está engalanada con luces blancas, estrellas de papel y guirnaldas de abeto. Por las mañanas, el césped está cubierto de una fina capa de escarcha que pasa a convertirse en gotas de rocío a medida que el día avanza. Las horas de sol empiezan a mermar, y a las cinco de la tarde casi todo está en la penumbra. 

Estas navidades van a ser las primeras que pase en nuestro nuevo hogar en Friburgo, al que nos mudamos en abril de este año. Por un lado, tengo la sensación de que llevamos viviendo aquí mucho tiempo, porque todo me resulta familiar y propio, ahora que la vivienda está amueblada y decorada a nuestro gusto. Por otro, me sorprendo a mí misma de vez en cuando al darme cuenta de la enorme suerte que tenemos de vivir en un barrio tan tranquilo, con la Selva Negra prácticamente delante de nuestra puerta. Si miro por la ventana del comedor, tan solo se ven montañas y vegetación. Justo detrás de los arbustos del jardín, fluye el río Dreisam, donde a veces pueden verse garzas o patos. Nunca antes me había interesado tanto por las aves, pero aquí parece que es inevitable fijarse en las distintas especies. Se ven sobre todo mirlos, gorriones y urracas.


 
Logramos embarcar en el último ferry con destino a Föhr por los pelos. Desde el taxi que nos llevaba al punto de partida, podían verse los prados de Schleswig-Holstein y los aerogeneradores dispuestos en fila. En el cielo se arremolinaban nubarrones densos, del mismo color grisáceo que el mar. La transición entre cielo y agua era igual de suave que en el Mediterráneo, pero aquí no eran los azules los que predominaban en el lienzo, sino tonos ceniza que auguraban tormenta constantemente, aunque luego solo cayese una llovizna molesta. Las gaviotas revoloteaban en torno al barco y, de vez en cuando, se quedaban suspendidas en el aire sin esfuerzo alguno, gracias a las fuertes ráfagas de viento que soplaban.
 
 
Llegamos al municipio de Wyk casi rozando la noche, pero seguía habiendo mucha luz. Más tarde me daría cuenta de que aquellos días nunca llegaría a anochecer del todo. Los edificios no superaban los tres pisos, y me recordaban a aquellos pueblecitos de cuento que se recrean en los parques temáticos, solo que sin los niños correteando de un extremo a otro ni la música épica de fondo. En el callejón donde nos hospedamos había casas de ladrillo rojo, a cuyas fachadas se encaramaban rosales en flor. Al ser una Estado federado colindante con Dinamarca, la arquitectura me trajo a la memoria un cuento de Andersen que leí de pequeña, con las ilustraciones del irlandés P.J. Lynch. Bajo varias ventanas se encontraban bancos blancos de aspecto cuidado, sobre los que se distinguían iniciales de caligrafía con diversas florituras. El callejón casi siempre estaba invadido por el olor a pescado, proveniente del restaurante Bi de Pump, un guiño a una antigua bomba de agua situada justo enfrente. La casa en la que dormimos estaba repleta de elementos de decoración marítimos, y desde las ventanas del salón podía contemplarse el horizonte gracias a una tarima ligeramente elevada.


 
 
El primer paseo por la playa fue una sesión de deporte. Había que ir con cuidado para no cortarse con los guijarros, las conchas partidas y los restos que yacían en la arena. No se veían olas embravecidas, como en el Atlántico, ni tampoco el vaivén monótono del Mediterráneo. El aspecto de la orilla lo determinaba el ciclo de la marea, el reflujo. Cuando el mar se escondía, dejaba al descubierto algas verdes, así como pequeñas llanuras de lodo rodeadas de agua. Hacía demasiado frío como para bañarse. Los sillones de mimbre estaban vacíos, y tan solo se distinguían pequeños grupos de personas que paseaban con zapatos.

La comida no fue nada del otro mundo, pero sí que hubo algunos descubrimientos culinarios, como los bocadillos de arenque marinado (Matjesbrötchen), el cruasán con canela típico del norte(Franzbrötchen) y la tarta de Frisia (friesische Torte). Muchas cafeterías y restaurantes tenían sillas con cojines de lana. Los prados de la isla están llenos de caballos, ovejas y vacas que pastan sin dejarse estorbar por los turistas en bicicleta.



El fin de semana antes de abandonar Föhr, fuimos a Hallig Hooge, la segunda Halligen más grande, después de Langeness. Estas son pequeñas islas que se inundan a veces de agua salada a causa de la marea. Con poco más de cien habitantes, no era de extrañar que tan solo hubiese un par de locales y un diminuto supermercado. La isla podía recorrerse en una especie de vagón alargado tirado por dos robustos percherones. La atracción principal era una pequeña iglesia y un cementerio, cuya peculiaridad era que las lápidas estaban gravadas por ambos lados. Junto a la iglesia se encontraba la casa en la que suelen residir el párroco y su mujer, pero estaba vacía. Dudo que haya lugares en la tierra donde se pueda llevar una mejor vida de ermitaño.
 




El invierno alemán te obliga a leer, porque se está mejor en casa con el libro en la mano que deambulando por las calles heladas. Estas han sido mis primeras lecturas este año:

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