A diferencia de otros años, cuando siempre regresaba a Valencia por navidades, esta vez me he quedado en Alemania dadas las circunstancias. El 22 de diciembre viajamos en tren hasta Berlín, donde nos quedamos casi dos semanas. Debido a las restricciones de la pandemia, pasamos mucho tiempo en casa de la madre de M., retomando lecturas olvidadas, hablando durante horas y degustando todo tipo de galletas navideñas con té recién hervido.

Un día, con el objetivo de escapar del tumulto de la ciudad, nos acercamos a Lübars, una pequeña localidad dentro de la capital donde se respira un ambiente de lo más rural. Todas las calles presentan un adoquinado irregular, por lo que sin duda debe ser un desafío recorrerlas en bicicleta. De hecho, el medio de transporte que vimos con más frecuencia fueron caballos, ya que numerosas hípicas y establos circundaban el pueblo. Después de varias horas caminando, con las manos entumecidas y las mejillas insensibilizadas por el frío, regresamos a Schöneberg en S-Bahn.

En Nochebuena encargamos un ganso para llevar, que venía acompañado de una guarnición de col lombarda y Klöße (bolas de patata y harina típicas de la gastronomía alemana y austríaca). Durante esta cena tan contundente, descorchamos una botella de uno de mis vinos tintos preferidos, Mestizaje, el cual me llegó un gran paquete que mis padres me enviaron de España. Una vez terminada la cena, abrimos los regalos. Este acto tan simbólico de la Navidad, que aquí recibe el nombre de Bescherung, tiene lugar en los hogares alemanes por la noche, en vez de por la mañana.






Los días transcurrieron a un ritmo pausado ante la imposibilidad de acudir a establecimientos culturales o restaurantes. Se acabó asentando una rutina que me sirvió para desconectar por completo, pues no me había llevado el portátil. De hecho, me alejé bastante de las pantallas. No vimos demasiadas películas, sino que por las noches jugábamos a las cartas o comentábamos los caprichos de Goya, intentando dar con una interpretación plausible de los satíricos grabados —si bien siempre terminábamos comprobando nuestras intuiciones en internet—.  La casa de la madre de M. es muy acogedora y está repleta de detalles improvisados y rincones únicos, así que no poder acudir a muchos lugares resultó no ser tan grave como pensaba.

Pese a todo, las restricciones de la pandemia no pudieron evitar que realizásemos dos visitas obligadas: el fotomatón de Kreuzberg y mi librería preferida (Dussmann). En el primero logramos hacernos varias series de fotos porque al parecer había un defecto con la máquina, algo que nuestros bolsillos agradecieron. En Dussmann compré un libro sobre los viajes de Humboldt y otro en inglés, una secuela cuya primera parte no he leído todavía.






Siempre agradezco pasar algún tiempo en una ciudad grande, y es muy probable que un futuro no muy lejano nos toque mudarnos a Berlín, pero tras una temporada tan larga fuera de casa, echaba de menos las montañas de Friburgo. Cuando volvimos, pasaron apenas unos días hasta que nuestro jardín se vistiese de blanco gracias a las constantes nevadas de esta zona (aunque parece que en España también ha nevado como no lo hacía en años).





El primer domingo de Adviento ha llegado y, con él, la sensación de que no queda nada para navidades. La ciudad ya se ha engalanado con guirnaldas de luces, estrellas rojas y velas. Parece que las restricciones debidas a la COVID-19 van para largo, así que el tiempo continúa pasando sin prisa, y ya hay una serie de costumbres que se han asentado los fines de semana. Ir al mercadillo en Wiehre para comprar quesos franceses y comer pizza napolitana con los dedos entumecidos por el frío; dar breves paseos por Ebnet para contemplar la pequeña iglesia iluminada y la niebla que cubre las colinas de la Selva Negra; hornear bizcochos con lo que encuentro en la despensa, como las últimas castañas que quedaban y que recolectamos a principios de mes; leer las descripciones de Julio Llamazares sobre las catedrales de España ―que ha logrado reavivar mis ganas de emprender largos viajes por España―; pintar motivos botánicos con acuarelas o escribir en mi diario a la luz de una vela.


Actualmente, tan solo tengo que viajar a Bonn cada dos semanas, de manera que tengo más tiempo para disfrutar de la Gemütlichkeit navideña en Friburgo. Van a ser las primeras navidades que no pase en Valencia, lo cual me resulta un poco triste, pero también es una oportunidad para disfrutar de estas fechas en Alemania, aunque todo tendrá que celebrarse de forma distinta. Si nada cambia, pasaremos la Nochebuena en Osnabrück, donde vive la familia de M. por parte materna. Ya visitamos esta ciudad, la tercera más grande de Baja Sajonia, cuando realizamos un viaje al mar del Norte. Este año, por desgracia, toca prescindir del aliciente de los mercadillos navideños, una de las atracciones más deseadas en esta época. He de admitir que nuestra decoración navideña de este año es más bien austera. Tan solo he comprado un par de adornos y una guirnalda de luces. Sopesé comprar una corona de Adviento, pero las artificiales me parecían horribles y las naturales eran, en mi opinión, excesivamente caras. Supongo que la mejor opción habría sido hacerla manualmente con ramas y elementos naturales. Quizás el año próximo. La Nochevieja, como de costumbre, la pasaremos en Berlín. La pregunta del millón es si los restaurantes podrán abrir ya para esas fechas, ya que uno de los atractivos de la capital siempre ha sido salir a comer.





Uno de los problemas recurrentes con los que tengo que lidiar cuando llega el frío es el cuidado de la piel. Tengo la piel muy sensible a los cambios de temperatura, por lo que se me enrojece con facilidad. De ahí que sea vital hidratarla con frecuencia y protegerla del sol (sí, incluso en invierno). Recientemente empecé a seguir los consejos de la conocida como “rutina coreana”, así que he estado probando distintos productos para mejorar la salud de mi piel. Para la hidratación, recurro a cremas bastante untuosas, como la de crema de rostro de alverde con aceite de oliva y la de onagra de Kneipp (esta última contiene, además, 10 % de urea, lo cual ha resultado ser muy beneficioso para mis esporádicos brotes de keratosis pilaris). En cuanto a la protección solar, estoy encantada con esta de The Rituals, porque es muy ligera y no tiene el olor penetrante que tanto recuerda a los días de verano en la playa. Para matizar el enrojecimiento de la piel, utilizo de vez en cuando esta base de maquillaje de Clinique.




Aunque todavía falte un mes para concluir este año y, pese a las circunstancias actuales, en mi caso el 2020 ha marcado un antes y un después en un sentido positivo. Y tengo el presentimiento (ojalá se confirme) de que el 2021 será todavía mucho mejor si cabe.








Las mudanzas han sido parte de mi vida en los últimos seis años. Por motivos de estudios o de trabajo, he vivido en Valencia, Friburgo, Heidelberg, Leipzig y Fráncfort. Este cambio incesante de residencia siempre iba acompañado de la emoción de visitar nuevos lugares y construir mi rutina en un entorno distinto al anterior, aunque sí que es cierto que también estaba ligado a tediosas tareas, como empadronarme cada vez o transportar todos mis objetos personales en cajas y maletas. Si a esto le sumamos una relación a distancia, es más que evidente que tanta rotación distaba mucho de ser ideal. Aunque considero que soy una persona que se adapta con rapidez a lugares nuevos, llevaba ya varios años deseando establecerme de manera definitiva en Friburgo junto con M. Eso ocurrió en abril de 2019.


El entusiasmo de vivir al fin en la Selva Negra se vio ensombrecido por la falta de perspectivas profesionales. Al no ser una ciudad grande, las oportunidades laborales en el ámbito de la traducción escaseaban. Ante la ausencia de otras opciones, empecé trabajando a tiempo completo como traductora autónoma. Si bien contaba con algunos clientes importantes, los encargos fluctuaban mucho, por lo que necesitaba algún empleo fijo que me diese tiempo para continuar ampliado mi cartera de clientes. Así fue como acabé de gestora de proyectos a jornada parcial en una pequeña empresa de traducción. No sería exagerado admitir que fue una de las peores experiencias profesionales hasta la fecha. Aguanté un año y dos meses, y el día que abandoné aquella oficina estaba que no cabía en mí de gozo.

Ya me había hecho a la idea de que me tocaba regresar a trabajar de nuevo como autónoma a tiempo completo, y esta vez tenía una actitud mucho más optimista, ya que había logrado afianzar más clientes y proyectos. A mediados de agosto, sin embargo, me dieron una gran noticia que cambiaría mis planes: me habían elegido para trabajar como traductora de español en el Ministerio Federal de Alimentación y Agricultura (BMEL). La decisión me pilló de improviso, porque había pasado tanto tiempo desde las pruebas de selección que ya daba por sentado que no me habían dado el puesto. Ahora me tocaba decidir a cuál de las sedes del ministerio iría: Berlín o Bonn. Dado que la idea desde un principio era mantener nuestro apartamento en Friburgo, opté por Bonn (a 3 horas y media de Friburgo en tren, frente a las 6 horas de Berlín). Esta opción es viable porque el trabajo es a media jornada, de manera que puedo seguir trabajando como traductora autónoma y vivir entre dos ciudades (además, en el BMEL ofrecen muchas facilidades para hacer teletrabajo).

No es una situación sencilla, sobre todo teniendo en cuenta que ya estaba deseando echar raíces en una ciudad concreta, pero constituye un pequeño sacrificio para conciliar la vida personal con la profesional. Por lo que he observado y a juzgar por algunos artículos, en Alemania, desplazarse por motivos de trabajo es algo mucho más común que en España. También es cierto que el sistema ferroviario pone las cosas fáciles. Creo que en nuestra generación cada vez son más las personas que se ven obligadas a cruzar grandes distancias para poder desempeñar un trabajo que se adapte a su perfil.

Actualmente ya he encontrado un pequeño apartamento en el barrio de Poppelsdorf, relativamente cerca de la estación central. Vivo en una calle repleta de edificios de la Gründerzeit, con techos altos, pequeños jardines cuidados a modo de antesala y bonitas fachadas que recuerdan al estilo palazzo. Puedo ir andando a cafeterías, floristerías y parques céntricos, a diferencia de Friburgo, donde la dependencia de la bicicleta es mucho mayor. Mi apartamento tiene vistas a un patio interior y a la Lutherkirche, una iglesia evangelista en la que predominan los elementos arquitectónicos propios del Renacimiento alemán. De momento, mis impresiones de Bonn son más que positivas. Pese a su modesto tamaño, tiene un carácter muy internacional por las diversas instituciones que tienen su sede aquí ―en parte debido al hecho de que fue provisionalmente la capital alemana hasta la reunificación―. Se respira un ambiente joven (su universidad goza de gran prestigio) y la oferta cultural no tiene nada que envidiar a la de ciudades de mayor envergadura (es la ciudad natal del compositor Ludwig van Beethoven).

Tengo curiosidad por ver cómo funciona esta nueva etapa de Pendlerin, viviendo a caballo entre Bonn y Friburgo. De momento intento ver el lado positivo de tener un hogar en dos ciudades distintas y de disfrutar del trabajo que siempre había soñado tener (por si no lo he comentado en otras entradas, la traducción institucional siempre había sido mi objetivo durante los estudios). 










Tras haber tenido que cancelar dos viajes por la pandemia (Israel en marzo y Nueva York en mayo), reservamos una semana en esta isla portuguesa de origen volcánico con la esperanza de que, como dicen, a la tercera fuera la vencida. Para nuestro alivio, esta vez no tocó hacer cambios de última hora y pudimos sobrevolar sin problemas el Atlántico. Ya desde el avión podían contemplarse las señas de identidad de Madeira: acantilados escarpados, modestas casas de tejados anaranjados y terrazas escalonadas para el cultivo. Como otros tantos turistas, nos hospedamos en la capital: Funchal. Nuestro hotel estaba ubicado prácticamente en primera línea de playa, por lo que pudimos disfrutar de vistas al mar al desayunar y cenar.

Pasada la primera noche de descanso, visitamos el centro de la ciudad. Tal vez se debiese a que era día festivo, pero nos sorprendió que no había demasiada gente por las calles. Al igual que en el resto de la isla, la vida tiene lugar casi en vertical, porque es imposible ir a ninguna parte sin tener que subir o bajar una cuesta. No era raro escuchar cómo los motores de coches anticuados luchaban por subir las empinadas carreteras. Así, no es de extrañar que algunos visitantes opten por el teleférico para desplazarse hasta determinados puntos, como el Jardín Botánico. Madeira es conocida en todo el mundo por la gran variedad de flores y plantas que alberga, y dicha biodiversidad puede admirarse sin necesidad de recorrer toda la isla gracias a este jardín. Desde especies endémicas, plantas tropicales y medicinales hasta cactus de todo tipo. Gracias a la ubicación elevada del Jardín Botánico, es posible contemplar la ciudad a vista de pájaro. Fue también en el casco antiguo donde probamos la bebida más conocida de la isla: la Poncha. Sus ingredientes básicos son aguardiente, miel de caña y zumo de limón natural, aunque en la mayoría de bares ofrecen versiones con zumo de naranja o maracuyá.




Una de las excursiones más agotadoras y a la vez más sorprendentes fue la caminata hasta el punto más alto de la isla:
Pico Ruivo, cuya altitud máxima es de 1 861 m. La peculiaridad de esta ruta de senderismo residía en que, llegado cierto punto, nos encontramos rodeados por un denso manto de nubes que impedía ver los niveles inferiores, por lo que nos embargó la extraña sensación de estar caminando en dirección al cielo. Para llegar a la zona más alta, nos tocó atravesar varias cuevas y pasar por tramos un tanto peliagudos, como una parte muy estrecha donde no había barandilla de seguridad junto a un abismo con varios metros de caída. Anduvimos un total de cuatro horas, así que no tuvimos demasiados problemas para conciliar el sueño aquella noche.




El domingo fuimos a descubrir el norte de la isla. Empezamos nuestra ruta en Santa Cruz, un pequeño pueblo de la costa este. Entramos al mercado y visitamos distintos puestos de frutas y pescado. Nos llamaron la atención los ejemplares de sable negro, un pescado que habita en aguas de gran profundidad y que constituye una de las comidas típicas de Madeira. A continuación fuimos a Machico, donde paseamos a lo largo de una levada. Las levadas son canales de irrigación que transportan agua por toda la isla y que sirven como punto de referencia para realizar senderismo. Después visitamos Santana, donde pueden verse las casas en las que muchos agricultores vivían antiguamente, caracterizadas por sus techos inclinados de paja. Al mediodía fuimos al tradicional restaurante Quinta do Furão, donde nos dieron a probar el vino dulce madeirense y pudimos degustar un plato de sable negro empanado con banana y batata. Por último, fuimos al mercado de Santo da Serra, en el que probamos dos especialidades de la isla: el bolo de caco (un pan de harina de batata untado con mantequilla de ajo) y la espetada (carne ensartada en una brocheta de rama de laurel).



La parte occidental de la isla la descubrimos montados en un 4x4, un vehículo adecuado para los terrenos pedregosos que íbamos a recorrer. La ventaja de este medio de transporte fue que nos permitió levantarnos de vez en cuando para contemplar de pie la naturaleza de nuestro alrededor. Atravesamos frondosos bosques de laurisilva en los que decenas de mariposas monarca revoloteaban, la extensa meseta de Paul da Serra y laderas repletas de plataneras y viñedos ―dos de los principales cultivos de la isla―. Nuestra guía era una portuguesa que había vivido durante 20 años en Suiza, y se notaba que conocía a fondo la flora y fauna de su tierra. Realizamos varias paradas para recoger hojas de laurel y curubas (fruta alargada similar a la fruta de la pasión), succionar el dulce néctar de algunas flores (este secreto nos lo desveló la guía, no fue iniciativa propia) y darnos un chapuzón en las piscinas naturales de Porto Moniz.

En definitiva, Madeira es el lugar ideal para desgastar la suela del zapato perdiéndose en sus idiosincrásicos paisajes, cuya diversidad es inmensa debido a los diferentes mesoclimas que conviven en la isla.





Instagram