El epicentro de
la ciudad lo constituye la plaza del mercado, repleta de restaurantes con
terraza y carruajes con caballos, a la espera de que algún turista se decida
por descubrir las pintorescas calles de una forma más tradicional. El edificio
más emblemático es el campanario, conocido como Belfort: una torre datada del
siglo XIII cuya altura es de 83 metros, desde donde se pueden disfrutar de una
de las mejores vistas de la ciudad. En la plaza también se encuentra la basílica
de la Santa Sangre, que cuenta con una impresionante capilla gótica donde se
conserva una reliquia muy curiosa: la supuesta sangre de Cristo.
Para contemplar la ciudad desde otra perspectiva, hicimos un recorrido en barca. Alguno de los puentes era tan bajo que tenías que agachar la cabeza, mientras que en otros se habían formado estalactitas. Al bajar de la barca, decidimos probar uno de los caprichos por los que tiene fama el país, así que compramos trufas de chocolate negro en una pequeña chocolatería.
Uno de los
lugares que más captó mi interés fue el Begijnhof, un silencioso beaterio
separado por una muralla rodeada de un foso. Este fue lugar de residencia de comunidades
de viudas y huérfanas tras las Cruzadas. En muchos casos se trataba de mujeres
pudientes que vivían de forma autónoma. Se dedicaban a cuidar de los enfermos o
a realizar actividades benéficas. El patio interior es sorprendentemente tranquilo,
y tan solo se oía el ruido de los álamos al agitarse por el viento, que en
cierto modo recordaba al rugido de las olas del mar. La proximidad del mar del
Norte se evidenciaba con las esporádicas gaviotas que sobrevolaban el cielo.
Para rematar el último día, desayunamos gofres con chocolate caliente en el café Carpe Diem. La textura del dulce no se asemejaba a la esponjosidad densa de los gofres que ya conocía, sino que era más bien ligera y crujiente. Al parecer los gofres belgas se preparan con clara de huevo batida, por lo que no tienen nada que ver con los que venden en los supermercados.
Aprovechando la llegada del buen tiempo, este fin de semana
decidimos hacer una excursión en bicicleta hasta Breisach am Rhein, una ciudad
a orillas del Rin a tan solo 20 km de distancia de Friburgo. Preparamos
las fiambreras con pan recién comprado en el horno, hinchamos las ruedas de
ambas bicis y nos embadurnamos con protector solar para no regresar con sorpresas
desagradables. Pese a tomar esta última precaución, me quemé parcialmente los
brazos por pensar aquello de que ya les da el sol en primavera con la manga
francesa... Ahora el aloe vera es mi mejor amigo.
El trayecto por Friburgo fue bastante relajado, ya que desde
nuestra casa se puede ir todo el rato a la vera del río y el tramo es prácticamente
cuesta abajo. Atravesamos el pequeño pueblo de Umkirch, cuya única peculiaridad
resultó ser la gran cantidad de adosados con paneles solares en los tejados, pasando
por Gottenheim y Wassenweiler hasta llegar a Ihringen. Aquí decidimos subir a
un pequeño montículo para descargar nuestros bártulos y dar buena cuenta de las
uvas y los bocadillos. Gracias a las lluvias de mayo, la zona estaba salpicada
de cientos de amapolas y flores silvestres. Nos sentamos junto a una viña,
desde donde podíamos contemplar la iglesia y todo el pueblo a vista de pájaro. El
paisaje no recordaba tanto a Alemania, sino más bien a los países del sur de
Europa. Podríamos estar perfectamente en la Toscana italiana o el interior de
España. De hecho, la localidad de Ihringen tiene la temperatura media anual más
alta de toda Alemania. Esta zona se conoce como Kaiserstuhl, cuyo nombre alude
a una cordillera de origen volcánico, y es una conocida región vinícola.
Tras reponer fuerzas, nos pusimos de nuevo en camino en
dirección a Breisach. La ruta estaba llena de ciclistas y familias con
remolques que, como nosotros, se habían animado a darle al pedal en un domingo casi
veraniego. La ciudad de Breisach, tal y como esperábamos, estaba a rebosar de
turistas. Dado que nuestro destino era más bien una excusa para movernos un
poco el domingo, tampoco pasamos demasiado tiempo. Subimos la cuesta para
visitar la catedral románico-gótica (Stephansmünster), que podía vislumbrarse
desde lo lejos gracias a su elevada posición. Desde el patio de la catedral, disfrutamos
de una bonita panorámica de la ciudad y del río. A la vuelta, optamos por coger
el tren, ya que los domingos se puede llevar la bicicleta de forma gratuita.
El arbusto del jardín se ha vuelto tan tupido que cuesta distinguir a la gente que pasa a orillas del río. Para mí, ese es el signo de que la verdadera primavera (no la del calendario) ha llegado. No he pisado Bonn desde diciembre, cuando se anunció que todos los empleados y empleadas del ministerio tenían que hacer teletrabajo, así que mi apartamento lleva vacío cinco meses y medio. La planta de mi despacho y la de mi pequeño apartamento en Südstadt han pasado a mejor vida. A modo de compensación, estos últimos meses he estado mimando nuestro pequeño jardín y las plantas de nuestra vivienda en Friburgo.
Este mes ha
empezado con lluvias persistentes, aunque abril fue uno de los más soleados
que recuerdo. Ya sea fuera, tumbada en la hamaca, o dentro, arrebujada en la
manta de terciopelo, he aprovechado para ponerme al día con algunos libros que
compré hace poco. Últimamente estoy obsesionada con dos escritores: Donna Tartt
y Francisco Umbral. No podrían ser más distintos entre sí, pero por caprichos
de la casualidad me ha dado por alternar la lectura de ambos. Empecé a leer las
novelas de Tartt en orden inverso al de su publicación. Leí The Goldfinch hace un año y me pareció
una obra magnífica, durante las vacaciones en Múnich le hinqué el diente a The Little Friend y me llevé una
decepción, porque claramente no estaba a la altura del primero. Ahora, con The secret history, he recobrado la
fascinación por esta autora. Si bien no soy muy proclive a leer novelas negras,
los libros de Tartt son una excepción a esta regla. En mi opinión, lo mejor de
esta autora es su capacidad de crear una atmósfera melancólica llena de
suspense con personajes enigmáticos. Pese a relatar hechos que no quedan muy
atrás en el tiempo, parece que todo tiene lugar en una época remota, quizás
debido al marcado estilo dickensiano. En
cuanto a Umbral, admito que di con él gracias al aclamado documental en Filmin.
Quedé maravillada con Mortal y rosa,
un monólogo lleno de lirismo en el que se toca un tema tan delicado como es la
enfermedad y muerte de un hijo. Ahora he optado por continuar con La noche que
llegué al Café Gijón, donde el escritor mantiene su característica prosa
poética y nos habla acerca del panorama literario de los 60 en la capital
española.
Los días de sol,
aprovecho para dedicarle un poco de tiempo al jardín. Hace poco compramos cajas
de vino antiguas y sacos de café para montar un pequeño rincón de hierbas
aromáticas. En el arriate ya tenemos salvia, cebollino, tomillo y menta, así
que buscamos otras hierbas para este lugar: albahaca, romero, orégano y
perejil. Además, recientemente compramos unas tablas de madera para montar un
pequeño huerto, y de momento tenemos cebolla, ajo y acelgas, pero dentro de
poco va a haber más variedad. Nuestro vecino nos regaló algunas semillas y nos
prestó un pequeño invernadero en el que crecen distintas plantas, como tomates,
girasoles, lechugas y brócoli. Últimamente tengo muchas ganas de ampliar mi
conocimiento sobre botánica (no solo por motivos profesionales, sino también
personales), así que me compré un libro sobre plantas y flores. Es de gran
formato y tiene magníficas ilustraciones en papel satinado. Siempre me ha
encantado la biología, así que estoy impaciente por refrescar los conocimientos
que adquirí en la escuela disfrutando de esta nueva lectura didáctica ―eso
sí, tumbada en la hamaca con el libro sobre las piernas, que pesa lo suyo―.
Mi
rincón preferido de la casa es el salón o comedor, donde sin duda pasamos la
mayor parte del tiempo. Este también hace las veces de oficina debido a su gran
tamaño. Tanto M. como yo trabajamos muchas horas desde casa (ya lo hacíamos
antes de la pandemia), así que nos turnamos los espacios de trabajo: a veces él
está en la mesa del salón y yo en el escritorio, y viceversa. La mesa del
comedor la adquirimos en una tienda de Friburgo especializada en muebles de
estilo vintage; sus patas son de
carácter industrial minimalista y el tablero de madera presenta una estructura
de espiga que recuerda a la de un suelo de parqué. En la misma tienda compramos
las sillas de madera de pino, más cercanas al estilo Bauhaus. En este caso nos
tocó añadir cojines de fieltro para que fuesen más cómodas.
El salón también es la estancia donde conservamos casi todas las plantas, porque es el lugar más diáfano. La mayoría de ellas reposan en el alféizar de la gran ventana que da al jardín para sacarle el máximo partido a las horas de luz. Gracias a la privilegiada orientación del apartamento, los días soleados disfrutamos del sol desde que este sale hasta que se pone. Como el salón es bastante amplio y la distancia de una pared a otra es muy grande, nos tocó comprar un mueble con ruedas para acercar la televisión. La elección del sofá adecuado no fue nada fácil, pero al final compramos uno en cuero negro de segunda mano. Al principio tuve mis dudas sobre si no quedaría demasiado sobrio y frío, pero creo que la alfombra roja con motivos geométricos y las cortinas granates logra darle un toque de calidez. Siempre nos cuesta horrores decidirnos sobre qué cuadros colgar, porque tenemos gustos un tanto distintos en este ámbito. Los dos cuadros principales del salón son un lienzo de Nietzsche pintado por amigo de M. y una pintura de Gerhard Richter (Zwei Fiats).
Otras piezas del mobiliario que ocupan un lugar importante son las estanterías de libros, que se nos empiezan a quedar cortas… Entre una lectora empedernida y un académico que escribe su doctorado, no es de extrañar que las baldas acaben hasta arriba de volúmenes apretujados. Los muebles más antiguos de la estancia son el baúl y el armario rústico, que adquirimos en una subasta en Friburgo. Aquí es donde guardamos la mayor parte de la ropa y otras piezas textiles, como manteles o sábanas. El pequeño espejo colgado encima del baúl fue un hallazgo en un mercadillo de Leipzig. Por lo demás, llama la atención que tenemos distintos candelabros (uno judío, uno un tanto barroco y otro más bien moderno). En Alemania está más extendida la costumbre de encender velas durante la cena, no tan solo en época navideña. Seguramente se deba a la oscuridad y el frío del invierno. Sea por el motivo que sea, me parece un ritual maravilloso.
El
dormitorio es de dimensiones reducidas, y da la sensación de que es todavía más
pequeño por la gran cama de madera, la cual adquirimos en una subasta. Es de
madera de nogal y tiene un marco muy grande, por lo que tenemos espacio para
depositar libros y otros objetos. Las dos mesillas de noche y las lámparas son
idénticas, mientras que el tapiz latinoamericano que cuelga sobre la cama lo
compré en Etsy de una vendedora ubicada en Berlín que se dedica a buscar joyas
en mercadillos, ante la paranoia de M. de que se le cayera un cuadro en la
cabeza durante las horas de sueño. La cómoda es un modelo básico de madera de
pino de IKEA, pero la renovamos a nuestro gusto. Lijamos toda la superficie, le
dimos una capa de barniz de color nogal y cambiamos los tiradores, para darle
así un aspecto más rústico. Nuestra cómoda apareció publicada en un
artículo de Hunker, junto con otras alternativas para convertir un
simple mueble de IKEA en una pieza única. La Monstera en el macetero verde la compramos cuando era una joven
planta de apenas algunas hojas, pero al parecer crecen a velocidad de vértigo,
y por eso nos tocó comprar un tutor de fibras de coco para guiar su
crecimiento.
La cocina, por su parte, es el rincón más moderno de toda la casa. A M. y a mí nos gusta cocinar, así que era importante disponer de suficiente espacio para cortar verduras y tener varias sartenes y ollas en la vitrocerámica. La nevera naranja es uno de los detalles que más llaman la atención a los visitantes, supongo que por su aspecto futurista y su llamativo color. En un intento por organizar alimentos básicos, compramos muchos jarros de cristal donde colocar el arroz, el maíz, los copos de avena o la harina. La cocina está directamente comunicada con el pasillo o recibidor, porque no tiene puerta.
En
el pasillo de la entrada tenemos un aparador de estilo Bauhaus, sobre el que
reposa un jarrón azul moderno con motivos geométricos, un cuenco japonés con
conchas que recogí en su día en una playa de Valencia y una botella de cristal
con un plumero de la Pampa. También tenemos un gran mueble de madera en una de
las esquinas para colocar todos los zapatos. Todavía hay bastante espacio en
las paredes, y de momentos solo tenemos tres cuadros: uno de Edward Hopper –que
figura entre mis pintores preferidos-, un antiguo gravado japonés y un cuadro
modernista que hace alusión a España.



















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