domingo, 9 de octubre de 2016

Retiro en las montañas

Cuando los motores de los coches se callan, las voces de los viandantes se ahogan y ni siquiera es audible el traqueteo de los carros de la compra del supermercado de la esquina, no hay más alternativa que darse cuenta de lo inquietante que es el silencio casi absoluto. Por lo menos, al principio. En el pueblo suizo de Macolin, la confrontación con la ausencia de contaminación acústica alivió el tráfico intermitente de preocupaciones que colapsaban mi mente desde hacía semanas. Al bajar cada mañana las escaleras para ir a desayunar, me sorprendía que lo único que retumbaba era el crujido de los peldaños en contacto con mis pies y mi propia respiración. Había olvidado por completo que, cuando todos los sonidos ajenos se silencian, una toma mayor consciencia de sí misma.

La casa de campo había sido ampliada en distintas etapas por un psiquiatra suizo. Actualmente, es otra de tantas posesiones que este les dejó en herencia a sus tres hijas. Toda la vivienda, a excepción de la renovada cocina, conserva el encanto del mobiliario de mediados del siglo pasado. A pesar de haber sido adquiridos en varias compras diferentes, ningún mueble rompe la línea estética, y todos y cada uno de ellos son dignos de formar parte de una exposición de anticuario.