domingo, 10 de septiembre de 2017

Documenta y despedida de la Fridtjof-Nansen-Haus

El pasado 16 de agosto regresé a un lugar que siempre recuerdo con mucha añoranza: el Goethe-Institut de Göttingen. Fue aquí donde hace cinco años (apenas puedo creerlo) asistí a un curso intensivo de alemán durante cuatro semanas, gracias a una beca que obtuve al ganar un concurso de redacciones. El motivo de mi visita fue la fiesta de despedida que se organizaba, ya que la institución se ha visto obligada a abandonar su idílico emplazamiento en la Fridtjof-Nansen-Haus, una mansión que bien podría haber salido directamente de algún cuento de los hermanos Grimm. Pese al agrio sabor que todas las despedidas dejan tras de sí, me alegró mucho poder decirle adiós a un sitio que tanto ha llegado a significar para mí. 



viernes, 25 de agosto de 2017

Fráncfort: primeras impresiones

Parece mentira que ya hayan transcurrido más de tres semanas desde que me apeé en la estación principal de Fráncfort. El 31 de julio puse rumbo a la ciudad financiera, llevando a rastras un pesado maletón al que no le vendría mal otra hilera de ruedas para hacer más llevadero su transporte. Como ya comenté en una entrada anterior, me he venido aquí para realizar unas prácticas de traducción durante dos meses en una agencia estatal, centrada en el desarrollo sostenible y la cooperación técnica. Por el momento, estoy muy contenta con esta organización, ya que el ambiente de trabajo es muy agradable y las tareas no son en absoluto monótonas. Está siendo una buena oportunidad para tocar otros ámbitos que en la carrera apenas se ven, como la gestión de proyectos o el control de calidad de las traducciones. Además, la temática es muy variada y comprende desde informes en materia de medioambiente hasta boletines de prensa sobre programas educativos en países emergentes.


domingo, 23 de julio de 2017

Fin de año en Berlín

Ha pasado ya más de medio año desde que estuvimos por Berlín la última vez.  El 31 de diciembre, a falta de tres horas para que redoblasen las campanas en la Puerta del Sol, aterricé en el insulso aeropuerto de Schönefeld –qué despropósito de nombre, dicho sea de paso–. Mi viejo amigo el frío quiso hacer de las suyas, pero yo ya iba con un abrigo puesto y con otro en mano (gajes del limitado equipaje de mano y de la diferencia de precios entre el Zara alemán y el español). Mi sorpresa de bienvenida fue una Berliner Kindl medio vacía, una cerveza con nombre de libro electrónico que tampoco es para tirar cohetes… Eso sí, los cohetes llegaron después. Había olvidado que los alemanes se ponen falleros el último día del año como los que más, así que tuvimos traca hasta las tantas (bis in die Puppen, como dirían por aquí) y un agradable olor matutino a pólvora.