jueves, 13 de septiembre de 2018

Volver al hogar por partida doble

Partimos cuando ya había caído la noche. Estaba demasiado oscuro como para divisar los campos de arroz de la Albufera, que a esas alturas del año tenían un color verde intenso. Al bajar del coche, aparcado justo al lado del alto edificio, nos recibió una apacible brisa de mar. «Es por la montaña, que resguarda de las olas de poniente», explicó mi padre. Desde el balcón podía escucharse cómo las olas rompían varios metros más abajo. Pasemos por la orilla, prácticamente desierta, hasta llegar a la isla que se anexionó a la tierra: l’illa dels pensaments. Ahora recuerdo que no fuimos a la cueva. Quizás a la próxima.

Por las noches cenábamos en el balcón. A veces el viento era tan violento que las cosas amenazaban con volarse. Sobre el plato casi siempre había marisco, ya fuese con arroz como sin compañía, hecho a la plancha. En uno de los paseos, fuimos hasta la lonja, donde había pescado para la venta al público. Los barcos desvencijados, maltratados por el salitre, me recordaron al discreto puerto de Chioggia. Pensé en los paralelismos entre los pueblos del Mediterráneo, puntos dispersos pero semejantes.

Una mañana, logré sorprender al sol cuando acababa de empezar su ascensión desde el horizonte. Fue el único amanecer que presencié. En el agua se reflejaba un haz de luz irregular y no había nadie nadando. Aún estaban poniendo la playa a punto: algunos funcionarios buscaban bolsas de plástico o colillas, otros reforzaban los tornillos de las lamas de madera.



miércoles, 4 de julio de 2018

Lecturas recientes



Hacía tiempo que quería volver a hablar de literatura. A principios de año me propuse reflexionar más sobre los libros que acababa de leer, porque muchas veces tenía la sensación de que olvidaba gran parte de lo que había leído si no le dedicaba algún que otro pensamiento posterior. En los últimos meses, cuatro lecturas me han dejado un muy buen sabor de boca, así que me he decidido a comentarlas brevemente en esta entrada.

sábado, 19 de mayo de 2018

Heidelberg se viste de primavera

Pocas cosas parecen sentarle tan bien a Alemania como la primavera. Las horas de luz se prolongan, en los lindes de los caminos crecen florecillas silvestres y la bicicleta se convierte en el medio de transporte preferido. Yo puse a punto mi bici a principios del semestre, con tal de no pagar el Semesterticket, que en Heidelberg ya está por los 165 € (moco de pavo en comparación con España, pero robo a mano armada con respecto a otras universidades alemanas). Seguramente me toque despedirme de mi bici, que compré hace dos años en Leipzig, a finales de septiembre, la fecha definitiva de mi mudanza, ya que ese mes todavía tengo que hacer los exámenes orales del máster. No me preguntéis por qué, pero en este país no tienen suficiente con torturar a los estudiantes con un proyecto final, sino que se aseguran de que pases un verano fantástico preparando las pruebas orales.