sábado, 14 de septiembre de 2013

De nuevo por Heidelberg

En realidad esta entrada habría tenido más sentido la semana pasada, pero en vistas de que estos últimos días no ha ocurrido nada relevante, me decido a relatar ahora mi segunda visita a Heidelberg el pasado viernes. 

Esta vez no fue de turismo, sino que había quedado con un estudiante de Medicina de allí para tomar algo y ver un poco más de la ciudad. Si es que me quedaba algo por ver, porque la ciudad no es que sea excesivamente grande y en julio ya me tiré un día entero pateándomela. 

Quedamos a las 19:15 enfrente de la Galeria Kaufhof. Un gran almacén que es algo así como el equivalente al Corte Inglés en Alemania (solo que sin la maravillosa sección de jamón serrano envasado al vacío ni las deliciosas tortitas con chocolate y nata).

Cuando Benny me preguntó qué quería ver de Heidelberg, le comenté, en un patético alarde de turista entendida, que ya había visto prácticamente todo la última vez que estuve. “¿El castillo también?”. Tocada y hundida. Vale, el castillo puede verse desde todas partes, pero no había subido a la colina. Que conste que esto no se debió a que no lo intentara. Basándome en el gigante mapa de la oficina de turismo (al desplegarlo daba la impresión de estar hecho a escala 1:1), intenté seguir un camino que supuestamente llegaba hasta lo alto de la colina, pero me topé con una puerta cerrada y desistí.

Total, que nos dirigimos hacia la colina a través de la concurrida Hauptstraße. La arteria principal de Heidelberg en lo que a tiendas se refiere estaba mucho más vacía que la primera vez que la visité. Comenzaba a anochecer y los turistas asiáticos ya no se dejaban ver con tanta facilidad, sino que ahora se veían sustituidos por estudiantes alcoholizados y parejas de avanzada edad.

Tras subir una hilera interminable de escalones, al fin llegamos a la cima. “Espero que la vista merezca la pena”, resoplé, intentando disimular mi penosa condición física sin demasiado éxito. Y así era. Para mi alivio, presenciamos un espectacular atardecer desde el Schlossgarten (Jardín del castillo), que nada tenía que envidiarles a los de Freiburg. El cielo rosicler fue oscureciéndose en un abrir y cerrar de ojos a medida que el sol se ocultaba detrás de las pocas nubes que había en el horizonte. Porque aquel fin de semana hubo una severa subida de las temperaturas y el clima no podía ser más veraniego. Lejos de tratarse de un bochorno insoportable, había una ligera brisa y algo de humedad en el ambiente, propio de las noches de verano que parece que invitan a pasear.

Es una verdadera lástima que con el objetivo roto no pueda tomar buenas fotos de noche, así que me toca recurrir a Internet para encontrar una vista similar de la que pude disfrutar:

http://hhauke.wordpress.com/

Estaba tan despejado que incluso se divisaba Mannheim y Ludwigshafen a lo lejos.

Doblé mi cuerpo ligeramente para comprobar a qué altura estábamos y el chico se alarmó un poco: “No saltes, ¿eh?”. “Descuida”, respondí. Me ahorré el: Oh, gracias por tomarme por una demente a la que le asaltan ideas suicidas así de repente.  

A continuación fuimos a un pub a por unas cervezas. Acabamos en uno pequeño de Untere Straße con las paredes llenas de imágenes incongruentes y algo perturbadoras. El batiburrillo de imágenes era tal que lo mismo te encontrabas una instantánea de un torero que te topabas con una boca sin dentadura. Aun así, el local tenía su encanto y todo. El chico era originario de Dortmund, pero había vivido un año entero en Colonia, por lo que insistió en que me pidiera una Kölsch, cerveza clara típica de esta ciudad. Lo que me pareció curioso es que la forma típica de servirla es un vaso alargado más bien pequeño, parecido a la caña española, en vez de las típicas jarras a las que me tienen acostumbrada por estas tierras.

Después de ponerme los dientes largos tras contarme sus viajes por todo el mundo, le llegó su momento patriótico al hablar de Colonia. Es el segundo alemán que me hablaba maravillas de Colonia, cuando a mí no me pareció nada del otro mundo al visitarla hace dos años. Quitando de la catedral y la zona de tiendas, la ciudad me dejó un regusto indiferente y anodino. Al parecer el plato fuerte de esta ciudad reside más que nada en el carácter de la gente y el ambiente que se respira.

En ese momento tenía lugar el partido de fútbol de Alemania contra Austria. Me extrañó que apenas mirase la pantalla, teniendo en cuenta que, si hay algo que comparten los españoles y los alemanes es la pasión por este deporte que yo tanto aborrezco.

—¿No quieres ver el partido?
—No, está claro que Alemania va a ganar. Va a ser bastante aburrido.

Claro, humildad ante todo.

Como no teníamos demasiada hambre, optamos por una cena económica. Y qué mejor lugar para disfrutar de algo así que la Mensa, que son los comedores/cafeterías de la universidad en Alemania. A mí me resultó de lo más extraño, porque tengo la idea preconcebida de que esos lugares son solo para comer y no cenar. A la que fuimos en concreto (Mensa im Marstall) fue declarada la mejor de toda Alemania dos años seguidos. Y con razón, pensé para mis adentros. Nada que ver con la birria que tenemos en mi facultad de Blasco Ibáñez. Si por fuera es un antiguo edificio de la Edad Media sacado de novela caballeresca, por dentro es una sala gigante de lo más moderna. Como no podía ser de otra manera, habían colocado una pantalla gigante para ver el partido. Una de las peculiaridades era que había una gran barra donde podías pedir cócteles y bebidas, más propia de un club que de una cafetería de universidad.




En 10 días se acaba mi experiencia au pairil. Ha estado plagada de altibajos, pero intento sacar ante todo los momentos positivos, las cosas que he descubierto y las veladas inolvidables que he pasado.


Antes de que se me olvide, hace poco me publicaron otra crítica en la revista online Tokio Blues: http://tokioblues.com/review/algun-dia-este-dolor-te-sera-util/.   

3 comentarios:

  1. Ay, Heidelberg!
    Creo que ya te lo dije la otra vez y te lo repito... a Dios pongo por testigo que alguna vez me dejaré caer por esas tierras!
    Una pena que acabe tu etapa au pair, pero empieza el erasmus! Espero seguir leyéndote por aquí :)

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  2. Qué ganas tengo de visitar Alemania (si ya de por sí me encanta el idioma y la cultura) cada vez que veo tus fotos, o leo las cosas que nos cuentas sobre ella. Lo de la cafetería y el hecho de cenar allí me parecía impensable mientras lo leía, por Alicante estamos como en Valencia, vamos. Veo que allí se lo toman de otra manera, y esa vista que has puesto nocturna no tiene precio. Heidelberg es una de las ciudades que más interés tengo en visitar porque todo el mundo que conozco que ha estado allí me ha dicho que tiene cosas geniales y que es como de cuento. Por las fotos que vi que pusiste la otra vez, tiene muy buena pinta.

    Y la entrada de Tokio, como ya te dije, de nuevo muy interesante todos los libros que me descubres!

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  3. ¡Ay, Heidelberg de mis amores! El verano pasado estuve por allí un mes entero estudiando alemán y me supo a poco. Soy una enamorada de esa ciudad y si este año tengo la posibilidad de volver, no lo dudaría ni un segundo. ¡Qué recuerdos me trae tu entrada! La Hauptstraße, el Mensa donde comíamos todos los días, el Kaufhof... Todo inmerso en un ambiente de estudiantes, gente joven y asiáticos por todos los rincones.
    Supongo que estarás a punto de terminar la aventura de ser au pair. Espero que te vaya todo muy bien estos últimos días y que empieces el nuevo curso con buen pie :)
    Un beso! ^^

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