martes, 10 de octubre de 2017

Venecia: una ciudad atrapada en el tiempo



„Ah, Venedig! Eine herrliche Stadt! Eine Stadt von unwiderstehlicher Anziehungskraft für den Gebildeten, ihrer Geschichte sowohl wie ihrer gegenwärtigen Reize wegen!“

La Venecia que Thomas Mann retrata es una ciudad bien distinta a la que nos acogió hace un mes. Aunque, bien mirado, esto podría afirmarse de todos los lugares turísticos. La atracción que esta ciudad a orillas del Mar Adriático ejerció en tantos artistas se ve mermada por las bandadas de turistas, quienes desfilan por los estrechos callejones como hormigas en procesión. Pese a la alta concurrencia –agravada por los numerosos cruceros que tienen la isla como destino–, es innegable que la ciudad tiene mucho que ofrecer. Cuando el sol comienza a descender y las nubes se tiñen del rosicler que anuncia el fin del día, muchos visitantes abandonan la ciudad y es posible imaginarse qué aspecto tenía esta antes de la masificación turística.







Con un casco antiguo intocable, Venecia es probablemente el único lugar donde no he visto saltos en el tiempo en forma de aberraciones arquitectónicas de los 70. Entrar en la ciudad supone un regreso al pasado -si uno consigue obviar los palos para selfies y las góndolas abarrotadas de turistas asiáticos-. Sus románticos canales, sinuosas travesías y diáfanos edificios renacentistas parecen haberse conservado sin apenas cambiar un ápice a través de los siglos. Sin embargo, Venecia no se corresponde únicamente con la imagen de destino idóneo para enamorados, sino que tiene otra cara mucho más turbia: un inquietante ambiente de decadencia que Visconti tan bien supo plasmar en la gran pantalla. Los días en los que la lluvia intermitente nos sorprendía a cada rato, pudimos percibir con mayor claridad la nostalgia de la urbe, al contemplar el horizonte marítimo o las fachadas de los edificios ligeramente deterioradas a causa de las mareas altas.

Aunque visitamos algunos de los lugares más emblemáticos, como la Plaza de San Marco o el puente de los Suspiros, nos dejamos más bien llevar por la improvisación. Como no podía ser de otra manera, no tener rumbo fijo nos hizo perdernos innumerables veces, acabando en callejones sin salida que desembocaban en un canal. Deambulando por la ciudad, dimos con unos jardines escondidos: los del palacio Ca' Zenobio degli Armeni. Entrar en aquel lugar fue pasar del barullo a la completa calma: tan solo había una pareja de ancianos jugando al ajedrez en una esquina. En el edificio había una exposición con algunas obras de la Biennale, mientras que en el exterior había figuritas de cristal de Murano. Otro de los lugares que encontramos por casualidad fue un pequeño y acogedor bar a orillas del canal, donde probamos los mejores Spritz del viaje (por desgracia olvidamos apuntar el nombre y no he logrado encontrarlo de nuevo en Internet).










Para no quedarnos únicamente con el recuerdo de Venecia, hicimos una excursión Chioggia, una pequeña ciudad pesquera que probablemente ha visto mejores tiempos. A excepción de la calle principal, Chioggia parece estar sumida en un eterno sueño, hasta el punto de que casi podría hablarse de una ciudad fantasma. Seguramente se deba a su archiconocida vecina Venecia, quien sin duda le ha robado la mayor parte del protagonismo. Aun así, la arquitectura recuerda en muchos sentidos a la veneciana, como si se tratase de una réplica vacía a pequeña escala de la capital del Véneto. La vida se concentraba en los pequeños bares junto al puerto, abarrotados de pescadores con varias copas de más entre pecho y espalda.

Fue precisamente aquí donde tuvimos un curioso encuentro con Jackie Tonight, un trotamundos entrado en años de barba amarillenta y mirada perdida. Este anciano nos invitó a entrar a su casa, sumida en una luz tan tenue que los ojos necesitaban varios segundos para acostumbrarse a ella. La inusual fachada, con zapatos colgados y múltiples letreros a mano, ya delataba que el hogar de Jackie no era en absoluto convencional, pero ni siquiera estas singularidades hacen justicia a lo que uno se encuentra en el interior. No había un solo recoveco que no estuviese repleto de fotografías deslucidas por el paso del tiempo, las cuales contrastaban con los ramilletes de rosas frescas colocados en varios jarrones. Una larga mesa de madera, presidida por dos tronos reales y con la cubertería dispuesta, daba a entender que los comensales no tardarían en llegar. La prueba de que la mesa no se había puesto en vano era un grueso libro de visitas, donde se recogían las firmas de distintos viajeros que se habían dejado caer por allí. El carácter esperpéntico lo garantizaban una  armadura con una calavera en el baño y un ataúd en el que el propio Jackie aseguraba dormir cada noche.

Tal y como esperábamos, nuestra estancia en Venecia nos permitió adentrarnos una ciudad que parece haberse quedado congelada en el tiempo, de manera que no es de extrañar que haya sido elegida por tantos artistas como el escenario idóneo para relatar sus historias.









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