jueves, 7 de enero de 2016

Comienzo de año

Los últimos días de 2015 han sido un constante hacer y deshacer de maletas. El 22 de diciembre pasé la noche en Berlín, donde el invierno aún se resistía a llegar, al igual que en Leipzig. Teníamos mesa en un nuevo restaurante coreano que abrieron no hace mucho en Schöneberg (Wawa), donde la comida fue inmejorable, aunque mi casi nula tolerancia al picante provocó que terminase con la nariz goteando y las mejillas encendidas.




De regreso en Valencia, me recibió un clima aún más cálido y la añorada tranquilidad del hogar, que en seguida se vio sustituida por los ajetreos propios de las comidas y cenas familiares. Quería dejarlo todo listo antes de marcharme a Barcelona, así que hice recopilación de todos los documentos que necesito para las solicitudes del máster, donde poco les falta para pedir el certificado de nacimiento.

El día 31 me marché en tren a Barcelona, donde Milan y yo pasaríamos cinco días en un piso situado en el variopinto barrio del Raval. Era la primera vez que probábamos suerte con airbnb, pero la experiencia resultó ser bastante positiva. Nuestra “anfitriona” era una joven chica alemana con una debilidad por la decoración vintage y por los discos de vinilo. Además de hacernos algunas recomendaciones sobre bares y restaurantes de la zona, pasaba la mayor parte del tiempo fuera o en su habitación, por lo que pudimos disfrutar con total tranquilidad de la cocina, del salón y del baño. La vivienda se encontraba en el cuarto piso de un edificio de escaleras interminables, con peldaños irregulares que garantizaron que me llevase más de un susto por mis tropiezos, ya comunes en suelo llano. Cuando llegamos el primer día, un penetrante olor a ajo inundaba el estrecho rellano. Todo me resultaba de lo más español, a pesar de la ironía de tratarse de un barrio tan internacional como es el Raval, donde muchos establecimientos pertenecen a musulmanes o a filipinos.








Quizás el único inconveniente fue que nuestra habitación daba a una angosta calle bastante ruidosa por las noches, pero supongo que es el precio a pagar por una localización tan céntrica. Tal es así que nunca tuvimos que coger el transporte público, pues íbamos a todas partes a pie.

Largos paseos por el puerto y por la playa, cocina flexiteriana en el inmenso restaurante Flax & Kale, visita al MACBA (Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona), sesión de cine viendo el documental basado en la vida de Amy Winehouse… Barcelona tiene mucho que ofrecer y pudimos descubrirlo en cuestión de horas.  Sus pequeños callejones y antiguos edificios conservan una cierta autenticidad y encanto que logra atraer tanto a círculos de bohemia como a masas homogéneas de turistas. Sin embargo, soy consciente de que no podría vivir aquí. La inmigración masiva y el excesivo turismo, los dos ingredientes que logran hacer de esta ciudad un hervidero cultural que nunca parece extinguirse, son al mismo tiempo lo que en parte la echan a perder.











Esta tarde regreso a Alemania, donde me recibirá con los brazos abiertos un crudo frío invernal. Las temperaturas han caído en picado y ya he podido observar algunas fotos de las calles nevadas de Berlín. Estampas de lo más idílicas si no fuera porque tengo que arrastrar la maleta en plena noche y entrar en sigilo en casa ajena con un llavero un tanto complicado.


2 comentarios:

  1. Suena a un buen comienzo de año.
    Las fotografías son realmente un decorado que permite imaginar otros espacios en tu historia.

    Un beso. Suerte.
    Leonard

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  2. Feliz añoooooooo!
    Veo que has entrado a lo grande en el 2016!
    Hace años que digo que tengo que volver a Barcelona, estuve hace años pero apenas recuerdo nada de la ciudad. Las fotos que has hecho son una maravilla! Dan la sensación de que se respiraba tranquilidad cuando estuvisteis por allí :).

    Te deseo lo mejor para este nuevo año, que se cumplan todos tus proyectos y que sea un año feliz! :D

    Un beso!

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